Ignacio Solano: el valor de la observación

Por Javier Magro
Imágenes: Ignacio Solano

Ignacio Solano, Nacho en adelante, es uno de los nombres más importantes de la terrariofilia española. Más aún para quienes viven esta afición con auténtica pasión y conocen su historia. Porque Nacho ha acompañado y enriquecido la terrariofilia desde mucho antes de la llegada de internet, cuando todo era mucho más complicado, pero, a su vez, también más satisfactorio. Pertenece a una generación que vio cómo el mantenimiento en cautividad de reptiles y anfibios daba sus primeros pasos en España y que, sin ser plenamente consciente de ello, acabaría contribuyendo a moldear el desarrollo de la afición.

La observación de la naturaleza ha marcado toda la trayectoria de Nacho, tanto en la terrariofilia como en su vida profesional

El detonante

Su fascinación por los reptiles y anfibios, como la de tantos otros aficionados, se remonta a la infancia. Apenas tenía siete años cuando unos perros comenzaron a ladrar insistentemente a un bidón de aceite industrial apoyado contra una pared. Movido por la curiosidad, decidió apartarlo. Al hacerlo, salió una gran culebra negra que pasó entre sus piernas antes de desaparecer perseguida por los perros. Cualquier otro habría salido corriendo; él, en cambio, quedó completamente fascinado. Hoy, más de cuarenta años después, sigue recordando aquel instante como el verdadero comienzo de su relación con estos animales.

Desde aquella vivencia, los reptiles y anfibios pasaron a ocupar un lugar central en su vida. Cada vez que encontraba una charca se adentraba en el barro para buscar ranas, sapos o renacuajos, y pasaba horas levantando piedras en busca de lagartijas y serpientes.

Mucho antes de mantener sus primeros reptiles, la naturaleza ya era el lugar donde aprendía a observar

Poco tiempo después, su familia se trasladó a Alicante por motivos laborales. Allí continuó alimentando aquella curiosidad, aunque ya no solo en el campo. En sus ratos libres comenzó a frecuentar las tiendas de animales de la época.

Entre todas ellas hubo una que recuerda con especial cariño. Era una pequeña tienda situada en un sótano, especializada en reptiles y anfibios, algo muy poco habitual en la España de mediados de los años ochenta. Allí podía contemplar especies que hasta entonces solo había imaginado y pasó tantas horas que terminó forjando una estrecha amistad con su propietario, Marcos.

Aquella tienda refleja bastante bien cómo era la terrariofilia española en aquellos años. Pitones reales, pitones sebae, caimanes de anteojos, tritones de vientre de fuego o camaleones africanos convivían en unas instalaciones que hoy nos parecerían muy precarias. El conocimiento sobre las necesidades de aquellas especies era todavía muy limitado y, en consecuencia, muchos de aquellos ejemplares apenas sobrevivían unos meses.

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Los primeros terrarios

Como tantos otros aficionados de su generación, el siguiente paso fue montar su primer terrario. La protagonista fue una pequeña iguana verde. Mantenerla con vida era, por aquel entonces, casi un ejercicio de intuición.

En España apenas existía bibliografía especializada y el equipamiento comercial era prácticamente inexistente. Los terrarios se construían con los medios disponibles y muchas soluciones nacían del ingenio de los propios aficionados.

En este punto, Marcos volvió a desempeñar un papel importante. Gracias a él llegaron a sus manos varios números de la revista estadounidense Reptiles. Entre sus páginas encontró un artículo dedicado al mantenimiento de la iguana verde que hablaba de conceptos prácticamente inéditos entonces, como la importancia de la radiación ultravioleta o del metabolismo del calcio. Aquella información cambió por completo su manera de entender el mantenimiento en cautividad.

Nacho junto a su primera iguana verde (Iguana iguana), una de las especies que despertó definitivamente su pasión por la terrariofilia

Sin otra alternativa, la iguana tomaba el sol todos los días al aire libre. Durante la noche, el calor procedía de una bombilla de 60 vatios colocada dentro de una lata de tomate perforada para evitar quemaduras. La temperatura se regulaba acercando o alejando la bombilla, porque los termostatos electrónicos todavía tardarían años en llegar a la mayoría de los aficionados.

Hoy, aquellas soluciones ayudan a comprender cómo aprendió toda una generación de terrariófilos. Cada problema obligaba a buscar una solución y buena parte de los avances surgían del ensayo y error.

Aquella iguana acompañó a Nacho durante más de quince años y alcanzó cerca de un metro ochenta de longitud. Más que su primer reptil, supuso la confirmación de que, incluso con muy pocos medios, era posible mantener correctamente un animal si antes se comprendían sus necesidades.

Aquella experiencia también consolidó una forma de entender la terrariofilia que lo acompañaría durante toda su trayectoria. La observación, la paciencia y el aprendizaje constante terminarían convirtiéndose en los pilares sobre los que construiría todo lo que vendría después.

Compartir para avanzar

Los primeros años de Nacho Solano coincidieron con una etapa en la que reproducir reptiles en España estaba al alcance de muy pocos. La inmensa mayoría de los animales procedían de importación, el acceso a información especializada era muy limitado y quienes lograban obtener resultados solían guardar sus métodos con bastante recelo.

Fue en ese contexto cuando comenzaron a llegar a sus incipientes instalaciones otras especies con las que daría un paso más como terrariófilo. Entre ellas destacaban las pitones reales (Python regius), una especie cuyas necesidades apenas se conocían a finales de los años ochenta. Los ejemplares llegaban directamente de África, cargados de parásitos y sometidos al estrés del transporte.

Uno de los mayores quebraderos de cabeza eran sus largos periodos de ayuno. Sin embargo, al disponer de un grupo de ejemplares, Nacho comenzó a observar un patrón que cambiaría por completo su manera de entender la especie. Todos dejaban de comer al mismo tiempo. Aquello le hizo comprender que no estaba ante un comportamiento individual, sino ante un proceso estacional relacionado con su biología. Esa observación le permitió interpretar mejor sus ciclos y, poco después, conseguir las primeras cópulas.

No mucho tiempo después llegaron las primeras Lampropeltis triangulum sinaloae, adquiridas a un aficionado que las había traído desde Alemania. Con ellas consiguió sus primeras reproducciones, un logro especialmente importante en una época en la que la cría en cautividad todavía era una excepción y cada nacimiento suponía un paso adelante para la terrariofilia española.

Buena parte de su aprendizaje llegó también a través de los libros. Obras como La guía del terrario, de Enrique Dauner, o los primeros monográficos publicados por distintas editoriales fueron, durante años, algunas de las pocas fuentes de información disponibles en castellano. Se leían una y otra vez en busca de cualquier detalle que pudiera ayudar a comprender mejor las necesidades de cada especie.

Sin embargo, el mayor cambio que ha vivido la terrariofilia en las últimas décadas no llegó de la mano de un libro, sino de internet. La aparición de los primeros foros supuso un antes y un después. De repente, un aficionado ya no estaba solo. Podía compartir dudas, mostrar sus primeras puestas, conocer la experiencia de otros criadores o contactar con personas que llevaban muchos más años trabajando con determinadas especies. Por primera vez, el conocimiento comenzaba a circular con rapidez y la afición dejaba de depender únicamente de la experiencia individual.

Además de compartir conocimientos en los foros especializados, siempre ha defendido la importancia de observar a los animales en su hábitat natural

Primero apareció Reptilista y, poco después, Fauna Exótica, impulsada por Txema López, Pedro Serrano, Luis Casasús y otros aficionados que contribuyeron a convertir aquel espacio en un auténtico punto de encuentro para la terrariofilia española. Aquellos foros cambiaron para siempre la forma de compartir conocimiento y contribuyeron a crear una comunidad de aficionados que, en muchos casos, todavía hoy conserva las amistades forjadas durante aquellos años.

Fue también entonces cuando los anfibios comenzaron a ocupar un lugar cada vez más importante en la vida de Nacho. Tras viajar a Alemania consiguió sus primeras dendrobates y empezó a trabajar con Dendrobates tinctorius, Dendrobates leucomelas y diferentes especies que entonces se incluían dentro del género Epipedobates. Sus resultados con aquellas ranas llamaron la atención de Pedro Serrano, que le propuso moderar el foro dedicado a las dendrobates dentro de Fauna Exótica.

Con el paso del tiempo, muchos de los aficionados que compartían y debatían en aquellos puntos de encuentro virtuales terminarían convirtiéndose en algunos de los criadores más respetados de nuestro país. Se empezaban a reproducir especies consideradas muy complejas, aumentaban los viajes a las grandes ferias centroeuropeas y la terrariofilia española alcanzaba un nivel que pocos habrían imaginado apenas una década antes. Nacho vivió aquella transformación desde dentro. Pero, mientras profundizaba en el mantenimiento de las dendrobates, comenzó a darse cuenta de que el verdadero reto ya no estaba únicamente en los animales. También estaba en comprender el entorno que los rodeaba. Aquella inquietud terminaría marcando el siguiente gran capítulo de su trayectoria.

Más allá del terrario

A diferencia de otros reptiles, mantener ranas dardo exigía prestar atención a multitud de pequeños detalles que iban mucho más allá de la temperatura o la humedad. La elección de las plantas, la ventilación, la iluminación o la evolución del propio vivario pasaban a formar parte del mantenimiento diario. El terrario dejaba de ser únicamente el lugar donde vivían los animales para convertirse en un rico ecosistema.

Mientras muchos aficionados centraban sus esfuerzos en incorporar nuevas especies a sus colecciones, Nacho dedicaba buena parte de su tiempo a perfeccionar las instalaciones. Los fondos de xaxim, las plantas epífitas y los sistemas de recirculación de agua comenzaron a ocupar tanto espacio en sus conversaciones como las propias dendrobates. Poco a poco fue comprendiendo que todo aquel conocimiento podía aplicarse mucho más allá de la terrariofilia.

Así fue como sus vivarios tropicales dieron paso a Paisajismo Urbano, una empresa pionera en el diseño de jardines verticales que, con el paso de los años, desarrollaría proyectos en numerosos países, obtendría varios récords Guinness y crearía una tecnología propia reconocida internacionalmente. Sin embargo, el origen de todo seguía estando en aquellos terrarios que había comenzado a construir como aficionado.

Los jardines verticales fueron la evolución natural de una pasión que siempre fue mucho más allá de la terrariofilia

Su trabajo terminó llevándolo a recorrer algunos de los ecosistemas más fascinantes del planeta. Aquellos viajes tenían una finalidad profesional: estudiar especies vegetales para futuros proyectos de paisajismo. Sin embargo, él mismo reconoce que siempre existía una motivación adicional: encontrar anfibios y reptiles en libertad.

Así fue como pudo recorrer selvas de Colombia, Ecuador o Panamá, los bosques montanos de Centroamérica o distintos ecosistemas de Madagascar. Lugares que durante años solo había conocido a través de libros y fotografías.

Madagascar ocupa un lugar especial entre los numerosos destinos que ha recorrido para conocer la fauna en su entorno natural

Entre todos aquellos viajes recuerda con especial cariño una visita a Bahía Solano, en la selva del Chocó colombiano. Allí tuvo la oportunidad de observar en libertad a la que entonces se conocía como Oophaga histrionica «Bahía Solano», actualmente Oophaga solanensis. Para cualquier aficionado a las dendrobates, encontrarse frente a una especie así en su hábitat natural supone una experiencia difícil de olvidar.

Pero, más allá de las especies encontradas, aquellas expediciones le permitieron descubrir que la naturaleza rara vez se comporta como la imaginamos desde casa. Un mismo ecosistema cambia constantemente, y son precisamente esos pequeños cambios los que condicionan el comportamiento de los animales.

Aquella manera de observar la naturaleza también transformó su forma de entender la terrariofilia. Más que buscar fórmulas o recetas universales, comenzó a dar cada vez más importancia a comprender el comportamiento de cada especie y a interpretar lo que los propios animales mostraban. Una filosofía que terminaría acompañándolo durante el resto de su trayectoria y que alcanzaría su máxima expresión con la especie a la que ha dedicado buena parte de su vida.

Corallus caninus: el comienzo de una nueva etapa

Si hay una especie que ha acompañado a Nacho Solano durante buena parte de su trayectoria, esa ha sido Corallus caninus. Aunque a lo largo de los años ha mantenido y reproducido numerosos reptiles y anfibios, pocas han despertado en él una admiración comparable a la de la boa esmeralda.

Su primer contacto con ella, como el de tantos aficionados, llegó mucho antes de poder mantener una. Bastó una fotografía para despertar una fascinación que no ha desaparecido con el paso de los años. Su intenso color verde, la elegante línea blanca que recorre el cuerpo y su comportamiento estrictamente arborícola la convierten en una de las serpientes más espectaculares del mundo. Pero, precisamente por eso, también en una de las más incomprendidas.

Durante mucho tiempo, Corallus caninus arrastró la fama de ser una especie reservada únicamente para criadores con una enorme experiencia. En parte era cierto. La mayoría de los ejemplares procedían de importación y llegaban en condiciones muy complicadas, con un elevado nivel de estrés y numerosos problemas sanitarios. Mantenerlos con éxito exigía paciencia, capacidad de observación y una experiencia que solo se adquiría con los años.

Corallus caninus no solo ha marcado la trayectoria de Nacho Solano; también ha sido la inspiración de uno de sus proyectos más personales: un libro dedicado íntegramente a las boas esmeralda

Nacho vivió aquella etapa en primera persona y reconoce que, como cualquier aficionado, también cometió errores. Con el paso del tiempo fue simplificando cada vez más sus instalaciones. Mientras la tendencia parecía dirigirse hacia terrarios cada vez más complejos, él descubrió que las boas respondían mejor cuando todo era más sencillo y funcional. La prioridad dejaba de ser construir un terrario espectacular para centrarse en ofrecer un entorno fácil de controlar y que permitiera detectar cualquier problema con rapidez.

Esa misma filosofía terminó trasladándose también al manejo diario. Las cuarentenas dejaron de ser una recomendación para convertirse en una norma innegociable. La experiencia le había enseñado que muchos de los problemas que aparecen en una colección pueden evitarse con un periodo adecuado de observación antes de incorporar un nuevo ejemplar.

Las instalaciones de Nacho Solano reflejan una filosofía construida durante décadas de experiencia: menos artificios y mayor control sobre las necesidades reales de los animales

En realidad, esa forma de trabajar resume perfectamente toda su trayectoria. Desde sus primeros años levantando piedras para buscar lagartijas hasta su experiencia con una de las serpientes más exigentes que pueden mantenerse en cautividad, el método siempre ha sido el mismo: observar, comprender y actuar solo cuando resulta necesario.

El valor de la experiencia

Después de más de cuatro décadas dedicado a esta afición, reconoce que cada vez necesita menos artificios para disfrutar de sus animales. Ya no siente la necesidad de incorporar constantemente nuevas especies ni de perseguir la última novedad. Prefiere seguir aprendiendo de aquellas que lleva tantos años manteniendo y continuar perfeccionando pequeños detalles que solo se descubren tras toda una vida de experiencia.

Quizá esa sea una de las mayores diferencias entre quien empieza y quien lleva décadas dedicado a esta afición. Al principio se intenta hacer más. Con el tiempo se descubre que, en muchas ocasiones, lo verdaderamente difícil consiste en intervenir menos y dejar que sean los propios animales quienes indiquen el camino.

Después de conversar con Nacho resulta fácil comprender por qué es una de las figuras más respetadas de la terrariofilia española. No solo por las especies que ha mantenido, los proyectos que ha desarrollado o el conocimiento que ha compartido durante todos estos años. También porque pertenece a una generación que aprendió cuando casi todo estaba por descubrir y que, lejos de guardar esa experiencia para sí misma, decidió compartirla con los demás.

Su historia demuestra que la terrariofilia no avanza únicamente gracias a grandes descubrimientos o espectaculares reproducciones. También lo hace gracias a personas que dedican toda una vida a observar, aprender y transmitir ese conocimiento a quienes vienen detrás. Y pocas trayectorias representan mejor esa forma de entender la afición que la de Ignacio Solano.

Mecenas de Terrario tecnia

Para seguir leyendo

Coincidiendo con esta historia, Terrario Tecnia publica también un artículo dedicado al nuevo libro de Ignacio Solano Las boas esmeralda, una obra pionera, editada por Fardatxo Ediciones, que saldrá a la venta el próximo mes de septiembre.