Cuando la terrariofilia aprendía a base de ensayo y error

Por Javier Magro / Imagén de portada: Mikhail Nilov

La terrariofilia española de finales de los años ochenta y principios de los noventa no puede entenderse sin su contexto. No era solo una cuestión de qué especies se mantenían, sino de cómo y con qué medios se intentaba hacerlo. Hoy, acostumbrados a terrarios ligeros, sistemas automatizados, iluminación precisa y bibliografía especializada, cuesta imaginar una época en la que casi todo estaba por hacer y donde el aprendizaje llegaba, casi siempre, después del error.

Aquellos años estuvieron marcados por una fascinación muy concreta: los animales grandes. Eran los más codiciados, los más visibles y, en muchos casos, los únicos disponibles. Boas, pitones, varanos, iguanas, tegús e incluso cocodrilos y caimanes llegaban a España en cantidades que hoy resultan difíciles de asumir. La mayoría eran ejemplares capturados directamente en la naturaleza, animales silvestres que entraban en una red comercial, en su mayoría, inexperta.

Physignathus cocincinus, muy popular en los 90 / Pavel Bak

Materiales, alimento y bibliografía

El material disponible condicionaba absolutamente todo. Los terrarios eran pesados, casi siempre de cristal, con ventilaciones mínimas y una oferta de tamaños muy limitada. Adaptar el recinto al animal no era lo habitual; lo normal era adaptar el animal al terrario que había. La noción de bienestar, tal y como hoy la entendemos, aún no se había asentado.

La iluminación UVB comenzaba a abrirse paso, pero distaba mucho de los estándares actuales. Algunas lámparas se recomendaban durante apenas unos minutos al día y su eficacia real era, en muchos casos, más una promesa que una certeza. Aun así, supusieron un avance enorme.

El control térmico y de la humedad se resolvía con soluciones tan sencillas como constantes: cables calefactores, mantas térmicas, bombilla incandescentes y pulverizaciones manuales. No había automatismos ni sensores digitales. Mantener, y más aún reproducir, una especie en cautividad exigía una buena dosis de pasión, intuición y talento.

La alimentación tampoco era sencilla. La oferta de alimento vivo era limitada y, en muchos casos, estacional. Ratones y ratas para serpientes, y grillos, tenebrios y, con suerte, cucarachas para lagartos, ranas e incluso artrópodos, constituían la base de la dieta. La suplementación estaba en pañales y el conocimiento sobre necesidades nutricionales era escaso. Y aun así, la afición creció.

En cuanto al conocimiento, la situación también era precaria: había información, pero era escasa. Editoriales como Omega, De Vecchi o Hispano Europea publicaron los primeros libros en castellano dedicados a reptiles y anfibios en cautividad. Obras pioneras, valiosas, aunque generalistas y limitadas por el conocimiento de la época.

El gran punto de inflexión llegó a mediados de los años noventa con la aparición de la revista Reptilia. Por primera vez, la información especializada, actualizada y adaptada al contexto español comenzó a circular de forma regular.

Bibliografía de la época / Javier Magro

Especies que marcaron una época

En ese escenario tan limitado, resultó casi inevitable que las especies de gran tamaño se convirtieran en las protagonistas. Grandes constrictoras como Boa constrictor, Python bivittatus, Python sebae, Malayopython reticulatus o Python curtus, varanos corpulentos como exanthematicus,salvator oniloticus, iguanas y agamas de talla XXl como Iguana iguana o Physignathus cocincinus y tegús como Tupinambis teguixin dominaban los escaparates.

Eran animales espectaculares e imponentes y las tentativas de su mantenimiento dejaron una de las lecciones más importantes de la historia de la terrariofilia española: los reptiles gigantes no eran viables para la mayoría de los aficionados. Muchos crecían rápido, requerían espacios imposibles y desarrollaban comportamientos defensivos que dificultaban su manejo. Aquella etapa fue determinante y profundamente didáctica. Marcó el principio del fin de una terrariofilia basada únicamente en el tamaño.

Python bivittatus / Olli

Dentro de aquel dominio de titanes, algunas especies de talla más contenida comenzaron a destacar por motivos muy distintos. La pitón real (Python regius) fue una de ellas. Su carácter tranquilo y atractiva apariencia la convirtieron en una alternativa real cuando los límites del gigantismo empezaban a ser evidentes. Años después, la cría selectiva consolidó su popularidad. También empezaron a adquirir protagonismo otras pitones y boas de tallas manejables de los géneros Leiopython, Morelia, Corallus y Epicrates.

Paralelamente, los colúbridos americanos también ocuparon el espacio que dejaban las grandes serpientes. Especies esbeltas, activas y llenas de contrastes, como Pantherophis guttatus, Pantherophis obsoletus o las integrantes del género Lampropeltis, demostraron que era posible mantener ofidios atractivos sin comprometer espacio ni manejo. Su éxito fue tan sólido que, pese al paso de las décadas, siguen siendo protagonistas indiscutibles. Años después, también entraron en escena otros colúbridos, como los asiáticos, de mayor envergadura, pero manejables para aficionados avanzados.

Pantherophis guttatus / Javier Magro

Algo similar ocurrió con el gecko leopardo (Eublepharis macularius). Terrestre, nocturno, insectívoro y sorprendentemente prolífico en cautividad, ofrecía justo lo que la afición necesitaba sin saberlo: manejabilidad, reproducción y sostenibilidad. Su estética hizo el resto, más aún cuando comenzaron a aparecer coloraciones y patrones inusuales.

Otros reptiles contribuyeron a cambiar el rumbo de la afición. Phelsuma madagascariensis demostró que la terrariofilia también podía ser diurna, colorida y basada en la observación. Su piel delicada obligaba a dejar de lado la manipulación constante y a disfrutar del animal desde la distancia. Para muchos aficionados, fue el primer contacto con una forma distinta de entender el terrario, y la puerta de entrada a otros geckos como Lygodactylus o Gonatodes, así como a pequeños lagartos activos y visuales como los Anolis

Tampoco puede olvidarse el papel de los camaleones, especialmente los géneros Furcifer, Chamaeleo, Kinyongia y Calumma, muy frecuentes en la época. Su mantenimiento en cautividad fue clave para comprender una de las bases del éxito con este grupo: la ventilación del terrario, un principio que supuso un antes y un después en el diseño de sus recintos.

Chamaeleo calyptratus / Javier Magro

Mientras los reptiles marcaban el ritmo, otros grupos comenzaron a ampliar los horizontes de la afición. Algunas ranas, como Dendrobates auratus o Mantella aurantiaca, introdujeron una idea revolucionaria para la época: el enriquecimiento ambiental. Plantas, humedad, equilibrio y microfauna empezaron a cobrar protagonismo mucho antes de que el término “vivario” se asentara en el vocabulario del aficionado.

De forma paralela, los artrópodos comenzaron a perder el estigma que los acompañaba. Las tarántulas americanas del género Brachypelma (smithi, auratum…) y el escorpión emperador (Pandinus imperator), grandes, vistosos y de toxicidad baja, demostraron que podían ser animales fascinantes y relativamente sencillos de mantener. Para muchos, fueron el primer paso hacia una terrariofilia más diversa y menos centrada exclusivamente en reptiles.

Brachypelma auratum / Javier Magro

Conclusión

La terrariofilia española de finales del siglo XX fue imperfecta, excesiva y, en muchos casos, ingenua. Pero también fue valiente, curiosa y profundamente pasional. Se construyó con terrarios pesados, cables calefactores, pulverizadores manuales y mucha intuición. Y, sobre todo, con especies que hoy entendemos mejor gracias a los errores de entonces.

Recordar aquella época no es idealizarla. Es reconocer que, sin ella, con todos sus aciertos y fracasos, la terrariofilia responsable, informada y diversa que conocemos hoy simplemente no existiría.

Agradecimientos

Quiero agradecer especialmente a Miguel Puyol. Muchas de las reflexiones que recorren este artículo nacen de largas conversaciones sobre el pasado de nuestra afición, sobre lo que fuimos y sobre todo lo que aprendimos por el camino.