Por Miguel Puyol y Javier Magro
A finales de los años ochenta, la terrariofilia en España era apenas algo más que una idea difusa. No había referencias claras, ni tampoco existían tiendas especializadas como existen hoy en día. Mantener con vida a ciertas especies se consideraba un éxito en sí mismo y un mérito reservado exclusivamente a terrariófilos expertos. El género de las ranas flecha (dendrobatidae), con sus llamativos colores e intrincados patrones, pertenecía precisamente a ese grupo.
Fue en este contexto donde se empezó a gestar la historia de Josep Canela i Agraz, propietario y fundador hace ya más de 20 años de la conocida tienda española Terribilis. En aquellas épocas, sin embargo, no era más que un anónimo acuariófilo barcelonés como tantos otros, sin ningún entusiasmo singular hacia la terrariofilia.

Quién sabe si por azar u otra razón, un día cualquiera se topó con unos libros de la editorial americana TFH. Se trataba de publicaciones modestas y de tiradas limitadas, con un contenido ciertamente parco si se juzgan según los estándares contemporáneos. Pero esos libros contenían algo especial que pocos habían visto: fotografías de ranas flecha. Fue a través de esas páginas donde ese acuariófilo supo de la existencia de esas pequeñas ranas de colores casi imposibles. Y la atracción fue prácticamente instantánea.
Durante el transcurso de los siguientes años Josep intentó aprender todo lo que se sabía sobre esas ranas, leyendo con pasión cualquier publicación que tratara sobre ellas, por insignificante que fuera o el idioma. No fue precisamente una tarea fácil pues la terrariofilia española apenas existía. Y las escasas tiendas de animales que a veces ofrecían animales exóticos casi nunca disponían de estas ranas. Con suerte, ocasionalmente, aparecían algunas Dendrobates auratus o algunas especies del género malgache Mantella, poco más. Por añadidura, el estado en el que llegaban los animales distaba mucho de lo que se considera mínimamente aceptable hoy en día. Las posibilidades de éxito eran francamente remotas.
Aun así, poco a poco, el esfuerzo de Josep empezó a dar algunos frutos. No solo había logrado mantenerlas en cautividad a largo plazo, sino que había conseguido reproducirlas exitosamente. Fue también durante aquellos tiempos cuando tuvo lugar un hecho que influiría desde entonces en su personalidad y trayectoria. Empezó a ser consciente de que aquellos comercios donde adquiría sus ranas eran también lugares de encuentro. Espacios donde el tiempo parecía detenerse mientras hablaba con otros clientes sobre los mejores métodos para replicar (con más motivación que resultados) un pequeño fragmento de selva dentro de una urna de cristal. Personas que no se conocían de nada compartían información, dudas, algunos éxitos y muchos fracasos.

Otro hito relevante ocurrió a principios de los años noventa. Por aquel entonces no existía apenas información e internet era una palabra desconocida. Así que el único modo para obtener conocimiento era a través de experiencias propias o bien con esos encuentros informales. En otras palabras, la información había que pelearla: revistas extranjeras, direcciones conseguidas con dificultad o faxes enviados sin saber si habría respuesta. Y con estas recordó algo sobre lo que le habían hablado: el “Frog Day”. Se trataba de un encuentro de aficionados que se celebraba (y sigue celebrándose) en Alemania y Holanda y en el que no sólo se intercambiaban ejemplares que habían logrado reproducir, sino donde además se impartían charlas y conferencias. Pero llegar hasta allí era, en sí mismo, una auténtica aventura.
Los viajes se preparaban durante meses: mapas dudosamente actualizados desplegados sobre la mesa, rutas trazadas a mano, hacer acopio de divisas para cada uno de los países que había cruzar. No disponía de GPS, ni conocimiento de idiomas ni tampoco excesivas certezas, pero sí una idea clara: merecía la pena intentarlo. Lo que se encontró al llegar ahí no fue solo una mera reunión de aficionados, sino una manera concreta de entender y vivir la terrariofilia. Un ambiente cercano, casi familiar, donde el conocimiento se compartía sin cortapisas ni reservas. Un lugar donde los logros de uno se sentían por todos como propios. Una reunión de gente cuyo conocimiento y experiencia se ofrecía globalmente a todos aquellos que por primera vez querían iniciarse en la afición.

Josep recuerda con especial cariño una anécdota que vivió en uno de los primeros viajes a esa feria misteriosa. Ocurrió en la noche previa: por primera vez pudo ver un ejemplar de Ranitomeya amazonica. Una especie relativamente común hoy en día, pero extremadamente rara por aquel entonces. Es probable que allí, en ese instante, fuera consciente de que estaba ante algo que años atrás no hubiera podido siquiera soñar. Durante los años posteriores ha tenido la suerte de vivir el descubrimiento de nuevas especies y en algunos casos ha sido de los primeros en tener acceso a ellas. Pero difícilmente las ha podido mirar con la ilusión y la magia de aquella noche.
Fueron muchos los viajes hacia la tierra de los tulipanes para asistir a un “Frog Day”. De hecho, era reconocido y saludado por muchos asistentes, y cuando aparecía junto al resto de la comitiva española no eran pocos los aplausos espontáneos que se oían. Se alegraban de que el “amigo español” volviera otra vez. Eran gestos aparentemente sencillos, pero singularmente significativos para Josep. Hasta ese momento nadie había seguido ese rastro para dar con las ranas flecha. Y era, por así decirlo, un completo desconocido que apenas podía comunicarse con ellos sin dificultades.
Él no podía saberlo entonces, pero ahí no solo se forjaron amistades que todavía perduran hoy en día. Fue allí donde empezó a germinar lo que hoy conocemos como Terribilis. En los viajes de vuelta volvía con algo más que recuerdos. En el coche viajaban también alimento vivo, plantas y materiales todavía desconocidos en España. Y a su vez, un deseo incesante. Cuanto más conocía la terrariofilia holandesa u alemana, más quería que la española fuera como ellas. A nuestro favor, según pensaba (y sigue pensando) había un elemento clave: el potencial humano casi infinito. Y en mi opinión tenía razón. Al mismo tiempo, no obstante, había mucho trabajo por hacer, existía un espacio inabarcable entre lo que se quería hacer y lo que realmente se hacía. Y, siendo sinceros, se sabía que no sería fácil ni grato para aquellos que se atrevieran.
Durante los años siguientes, pese a todo, esa idea no dejó de crecer. Infinidad de proyectos que poder llevar a cabo, aspectos que mejorar. Y por encima de todo, quizá, poder divulgar la terrariofilia según lo que él mismo había vivido. Donde un aficionado que recién empezaba y un veterano tuvieran el mismo respeto y consideración. La convicción innegociable de no privar a los recién llegados de aquella magia inexplicable que el mismo sintió al ver las fotografías de las ranas flecha en los libros de la editorial TFH. Pero todo aquello seguían siendo ideas fugaces con las que uno sueña cuando se encuentra en el metro esperando su parada.
Con el paso del tiempo algo cambió. Quizá fue el azar, aunque alguien mucho más inteligente que quien escribe estas líneas dejó escrito que “Dios no juega a los dados”. En cualquier caso, corría el año 2000 y Josep se encontraba en un lugar quien sabe si providencial. Hablamos de Brasil, origen de numerosas especies de dendrobátidos y probablemente de muchas otras aún por descubrir. No se conoce la razón que lo impulsó a cortar con su cómoda vida anterior y dedicarse a aquello que, en realidad, era el motor de su vida desde hacía décadas. Sin duda alguna, fue valiente. En cualquier caso, debo dejar constancia de que la casualidad quiso que el primer artículo que hizo para la reputada revista española Reptilia, en particular el número 17 del año 1998, fue precisamente sobre la Dendrobates tinctorius. Una especie de rana flecha que, según los que saben, sus mejores ejemplares o localidades se encuentran en Brasil.

Como otras tantas veces a lo largo de su vida, quién sabe en qué lugar de Brasil, tuvo la convicción que valía la pena intentarlo. Recuperar la ilusión de los primeros años, dar continuidad a los recién llegados. Honestamente, no tenía ninguna certeza y mucho menos garantías de éxito. De hecho, lo tenía absolutamente todo en contra. Pero lo hizo. Así es como a finales del año 2000, nació oficialmente Terribilis. No dejaba de ser un proyecto modesto, pues se trataba de un pequeño negocio que ni siquiera se encontraba abierto al público. Sus canales de venta eran el boca a boca y una página web rudimentaria para aquellos que tenían acceso a internet. Su idea empezó a dar frutos, el local se quedó pequeño en poco tiempo y la necesidad de buscar una nueva ubicación no podía posponerse más. Finalmente en la calle Tortosa número 82 de Badalona, acabó encontrando el definitivo.
Como se ha relatado hasta ahora, no deja de ser una historia ciertamente sencilla, que no permite explicar que una idea temeraria acabara por convertirse en uno de los principales comercios del sector. Sin duda alguna no fue por su ubicación, tamaño ni tampoco por la rareza de algunos animales que han pasado por sus instalaciones. Fue por una razón sustancialmente distinta y directamente vinculada a lo que Josep vivió en esos primeros años. Su manera de entender la terrariofilia. Quizá particular para algunos, pero abierta cercana y familiar. Sin lujos, estridencias ni aspavientos. Pero siempre fiel a sus principios. No se trataba de solamente hacer negocio, pues si esta fuera la razón no hubiera dado el paso. Su motivación era distinta, buscaba algo más. Como él mismo suele decir, hay otros que son mejores comerciantes que él. Y probablemente tiene razón.
Desde el principio apostó, como no podía ser de otra manera, por el género Dendrobates. Y también por los vivarios tropicales. Terrarios automatizados ricamente decorados con plantas tropicales. Recintos de cristal que eran un trozo de selva. Vivos, pensados para madurar con el tiempo. Además ofreció a sus clientes materiales inéditos y una oferta constante y variada de alimento vivo. Todo ello aderezado con especies con las que el aficionado medio ni siquiera soñaba porque, sencillamente, desconocía que pudieran existir. Pero, por encima de todo, se apostó por esa forma tan personal de entender la terrariofilia de Josep y su manera de transmitir el conocimiento.

El tiempo, lejos de acomodarlo, espoleó su inquietud. Siguió viajando, observando, aprendiendo. Perú, Ecuador, Panamá, Brasil, Madagascar y un largo etcétera. Destinos que para él no representaban un punto cualquiera en el mapa, sino escenarios donde la naturaleza se mostraba en su forma más compleja y sutil. Recuerda con un cariño especial un viaje a Iquitos, donde se encontró con una vistosa rana que no supo identificar en ese momento. Años después, en 2006, supo que se trataba de una especie recién descrita: Ranitomeya uakarii.
Otro encuentro inolvidable tuvo lugar durante una travesía por la Cordillera del Cóndor, en la que, tras kilómetros de parajes prácticamente desérticos, sus ojos vieron como el paisaje cambiaba drásticamente y el bosque tropical aparecía como si de un espejismo se tratara. Con su vegetación exuberante y la inseparable neblina. Allí, entre copiosas bromelias, se topó con una rana que muy pocos conocían y aún menos habían visto: la Excidobates mysteriosus.
Todas esas experiencias tuvieron reflejo en la divulgación entusiasta de la que siempre ha hecho gala. Numerosos artículos en revistas como Reptilia, Rio Negro y otras muchas así lo atestiguan. Publicaciones que no solo daban a conocer detalles técnicos e información de primera mano, sino que cumplieron quizá, una finalidad más encomiable: acercar estas vistosas ranas a una audiencia que apenas empezaba a descubrirlas. Y lo hizo como no podía hacerlo de otro modo: desde la experiencia, con humildad y desde una perspectiva esencialmente práctica. Sin artificios, trucos o atajos.
Mucho ha llovido desde el nacimiento de Terribilis aquel lejano día en Badalona. Pero quien entra hoy en día por su puerta sigue encontrándose con la misma persona que, con más dudas que certezas, subió por primera vez esa persiana. Una persona atenta y familiar, que prefiere escuchar antes que hablar y sugerir más que imponer. Espero que sepa perdonarme al hacer pública esta confidencia, pero Josep suele decir que un optimista es, en realidad, un pesimista con experiencia. Y quizá esa frase refleja parte de su trayectoria: los primeros años donde no había nada, aquellos viajes sin garantías, los proyectos fallidos y problemas incesantes. Pero optimista, al fin y al cabo.

Casi treinta años después de su fundación Terribilis sigue ahí, como testigo obstinado de una forma de entender la terrariofilia. Es difícil no sentir nostalgia cuando uno piensa en esos primeros años donde la afición española empezaba a tomar forma. Es cierto que no podían siquiera soñar con lo que actualmente resulta común para cualquier aficionado: especies, conocimiento o medios. Pero sí pudieron ser partícipes de algo que quizá ya no existe. Hablo aquí de los esfuerzos que había que destinar para conseguir un éxito muchas veces sencillo e irrelevante. Por aquel entonces uno debía esperar, buscar, insistir. Había que viajar o arriesgar para aprender e incluso equivocarse muchas veces. Hoy en día todo es más inmediato, pero no necesariamente más gratificante.
Y solo valorando estas circunstancias en su conjunto, es cuando uno casi puede llegar a sentir esa fuerza irresistible que provocó que algunos decidieran arriesgarse para cambiar las cosas aún sin saber bien cómo. Josep Canela fue uno de ellos.
Agradecimientos
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