Sumar años tiene su parte negativa, claro está, nos hacemos mayores, nos duele la espalda más que antes y las canas nos recuerdan que el tiempo no se detiene. Pero también nos regala algo que no se compra: perspectiva. Y con ella, la capacidad de comparar lo que fue con lo que es. No siempre con acierto, pero sí con cierta profundidad. En el mundo de la terrariofilia, esta perspectiva permite ver con claridad luces y sombras tanto del pasado como del presente.
Quienes llevamos unos años en esto de los terrarios y vivarios, sin considerarnos más sabios, sí que somos capaces de detectar ciertas carencias en la forma actual de vivir esta afición. No todo lo de antes era mejor, desde luego. Pero tampoco todo lo nuevo lo es. Este artículo no es una crítica amarga, sino un ejercicio de nostalgia constructiva: un intento de recordar aquellos elementos del pasado que, si lográramos recuperar y combinar con los avances actuales, nos harían, quizás, mejores aficionados.
Uno de los cambios más notables es la pérdida de la paciencia. La inmediatez con la que vivimos hoy, gracias o por culpa de la tecnología, ha transformado la manera en que nos relacionamos con nuestra afición. Lo queremos todo para ayer: el animal, el accesorio, la información… y con ello hemos perdido esa dulce espera que antes se disfrutaba como parte del proceso.
¿Quién no recuerda la emoción de esperar la llegada de un número de la revista Reptilia, de ese libro que se pedía al extranjero por fax o correo postal? ¿O ese ejemplar que se anhelaba durante meses y que finalmente aparecía, casi como un tesoro, en alguno de los pocos comercios especializados? Aquella espera nos hacía saborear más cada logro, nos ayudaba a reflexionar antes de cada compra y evitaba, en parte, uno de los males más extendidos hoy: la impulsividad.
Otro de los aspectos que cuesta entender a quienes llevamos tiempo en esta afición es la tendencia a confundir el valor con el precio. Hoy en día, el coste económico de una especie parece haberse convertido, para algunos, en su principal atractivo, relegando en ocasiones a un segundo plano su belleza y comportamiento.
Esta visión mercantilista ha provocado que especies realmente fascinantes, emblemáticas o con comportamientos únicos sean ignoradas por su bajo valor de mercado, y que particulares se desprendan de ejemplares que antes deseaban enormemente por el mero hecho de que ya no pueden obtener un rédito económico con su descendencia. Recuperar el aprecio por las formas, patrones y comportamientos naturales de cada animal, así como el compromiso a largo plazo que uno adquiere con ellos, son también asignaturas pendientes.

Sí, lo digital ha traído comodidad, acceso inmediato y cierta democratización del conocimiento. Pero también ha traído superficialidad, ruido y una avalancha de contenidos de baja calidad. Muchos echamos de menos pasar horas y horas con un libro en las manos, sin interrupciones, sin notificaciones, sin pantallas.
Los libros y revistas especializadas nos ofrecían información profunda y contrastada. Nos formaban de verdad. Hoy, buena parte de ese contenido ha sido sustituido por publicaciones en redes sociales, muchas de ellas vacías, forzadas, buscando únicamente visitas o “likes”. Lo viral ha ganado terreno a lo valioso, y con ello todos hemos perdido un poco.
Otro de los aspectos más entrañables de la terrariofilia de hace años era la comunidad. Se construía en persona: en encuentros, ferias, visitas entre amigos o tardes de charla en la trastienda de un comercio especializado. Así como en foros virtuales que aglutinaban a miles de aficionados y profesionales del sector. Allí se compartía, se aprendía, se discutía y se creaban lazos reales.
Hoy, como afirmaba uno de los grandes activos de nuestra afición, Philippe de Vosjoli, nuestro colectivo está diluido y fragmentado en diversas redes sociales, donde el consejo de alguien con experiencia ha sido reemplazado por una avalancha de opiniones (a veces contradictorias) en los comentarios de una publicación. Volver a cultivar comunidad de verdad, con cercanía y diálogo directo, es algo que deberíamos recuperar.
En definitiva, este ejercicio de nostalgia no pretende despreciar lo actual. La terrariofilia de hoy cuenta con avances técnicos impensables hace décadas: mejores instalaciones, mayor acceso a información, mejores conocimientos de cría y mantenimiento, herramientas digitales… Pero no estaría de más rescatar algo de aquel espíritu pausado, reflexivo y apasionado que impregnaba la afición hace años.
Si lográramos combinar lo mejor de ambos mundos —el conocimiento y las herramientas de hoy con la filosofía y los valores de ayer—, el resultado sería una comunidad más sólida, más responsable y más comprometida con lo que hace.









