Por Javier Magro
Imágenes: Bob Clark
Hablar de herpetocultura es, inevitablemente, hablar de Bob Clark. Su nombre está ligado a algunos de los hitos que cambiaron para siempre la cría de ofidios en cautividad y lo convirtieron en uno de los grandes impulsores del desarrollo de las fases, un movimiento que transformó la afición a escala mundial.
A principios de la década de 1980 emprendió un proyecto que marcaría un antes y un después: la reproducción de la pitón birmana albina (Python molurus). Aquel éxito abrió el camino a una nueva forma de entender la terrariofilia y fue seguido por otros logros históricos, como la obtención de la primera pitón real albina (Python regius) en 1992 y la primera pitón reticulada albina (Malayopython reticulatus) en 1999.
Sin embargo, su legado va mucho más allá de esos hitos. Durante más de cinco décadas ha contribuido de manera decisiva al desarrollo de la herpetocultura, inspirando a generaciones de aficionados y profesionales con una trayectoria marcada por la curiosidad, la perseverancia y una pasión que, como él mismo reconoce en esta entrevista, permanece intacta.
En las siguientes líneas, Bob Clark repasa sus inicios, recuerda cómo nació el movimiento de las fases y reflexiona sobre la evolución de una afición que ha vivido desde sus comienzos y a la que ha contribuido de forma decisiva.

Inicios
¿Cómo comenzó tu interés por las serpientes? ¿Recuerdas algún momento concreto que despertara esa fascinación?
¡Puedo decirte exactamente cuándo empezó todo! Tenía cinco años. Mientras veía a un vecino retirar unas piedras enormes de su jardín, al mover una de ellas, apareció una serpiente. Recuerdo que medía unos 30 centímetros, aunque mi memoria ya no alcanza para saber con certeza de qué especie se trataba. Lo que sí recuerdo perfectamente es la fascinación que sentí al verla.
Mi vecino la metió en un tarro vacío de mayonesa para que pudiera llevármela a casa. Durante el trayecto no pude dejar de mirarla. Me parecía algo maravilloso.
Desde muy joven las pitones despertaron en ti una atracción especial. ¿Qué encontrabas en ellas que no veías en otros reptiles?
Cuando era niño, en casa había una norma muy clara: nada de serpientes. Podía salir a buscar y capturar las especies de mi zona, pero no me permitían llevarlas a casa. Y, como no podía quedarme con ninguna, ¡quería tenerlas todas!
Las pitones eran entonces inalcanzables para mí y, quizá por eso, eran las que más deseaba. Una serpiente pequeña ya me parecía algo fantástico, pero una serpiente grande era todavía mejor. Me parecían animales impresionantes, casi mágicos, aunque en aquella época no dejaban de ser un sueño.
Hoy la terrariofilia tiene una gran presencia en Estados Unidos: tiendas especializadas, abundante información y miles de animales criados en cautividad. Pero ¿cómo era el panorama cuando empezaste? ¿A qué dificultades os enfrentabais entonces?
Las cosas eran muy diferentes hace cincuenta o sesenta años. No conocía a nadie que compartiera mi afición por las serpientes. Todo lo que aprendía lo sacaba de los libros que encontraba en la biblioteca, especialmente de las obras de Kauffeld y Ditmars, llenas de historias sobre la captura y el mantenimiento de serpientes. Pasé incalculables horas de mi infancia leyendo aquellos libros.
Y, siempre que tenía ocasión, salía al campo o al bosque para levantar piedras en busca de serpientes. Durante mi juventud tan solo pensaba en una cosa: serpientes, serpientes y más serpientes.
Las restricciones de mis padres solo se aplicaban a las serpientes; las tortugas sí estaban permitidas. En 1963, un vecino me regaló una tortuga de Florida (Trachemys scripta elegans) adulta, que me acompañó durante los siguientes cuarenta años. De hecho, todavía conservo un ejemplar de Chelonoidis carbonaria que lleva conmigo desde hace cincuenta y cinco años.
Hasta que cumplí los dieciocho años y me independicé, apenas había podido mantener serpientes. Además, en aquella época la información disponible era muy escasa, así que aprender resultaba mucho más complicado que hoy.

¿Cuándo y por qué decidiste convertir tu afición en una actividad profesional?
Siempre me han apasionado los animales y disfruto enormemente trabajando con ellos. Como le sucede a muchos, llega un momento en la vida en el que tienes que decidir qué camino quieres seguir. Cuando era joven empecé a imaginar cómo sería poder convertir mi afición en mi profesión. ¡Que te paguen por hacer lo que más te gusta! ¿Quién no querría algo así?
A principios de la década de 1970 descubrí que era posible criar serpientes en cautividad. Ya no se trataba solo de capturarlas o comprarlas, sino de reproducir tus propios ejemplares. Aquello me hizo pensar que quizá ese era mi camino.
En aquella época casi nadie criaba pitones y, sin embargo, en 1974 yo ya contaba con un número considerable de pitones birmanas nacidas en mis instalaciones y empezaba a vender algunos excedentes de cría. El problema era que las serpientes importadas del medio natural eran muy baratas, por lo que resultaba muy difícil competir con ellas. De hecho, tenía que explicar a mis posibles clientes por qué consideraba que un animal nacido en cautividad era una opción mucho mejor.
En definitiva, aquellos primeros años me permitían recuperar parte de los gastos que suponía mantener la colección, pero ni mucho menos podía considerarse un negocio rentable.
La primera pitón birmana albina: el nacimiento de un movimiento
En marzo de 1981, una fotografía publicada en National Geographic cambió el rumbo de tu vida. ¿Cómo lograste localizar aquella pitón birmana albina, cómo recuerdas el proyecto que culminó con las primeras crías nacidas en cautividad y qué significó para ti aquel momento?
Mi mundo cambió el día que vi aquella fotografía. No podía pensar en otra cosa. Aquella pitón era de un intenso color amarillo limón y blanco, además de un animal de gran tamaño. Recuerdo pensar que, si conseguía hacerme con ella, podría criar más ejemplares iguales.
A principios de la década de 1980 apenas existían reptiles albinos en cautividad. Algunas personas ya criaban serpientes del maíz albinas y acababa de aparecer la primera serpiente real de California albina (Lampropeltis californiae). Poco más. Yo ni siquiera había visto otras mutaciones.
Unas semanas después descubrí que aquella misma pitón figuraba en el listado de animales disponibles del importador y comerciante Tom Crutchfield. Tras unas largas negociaciones viajé hasta Florida para reunirme con él y finalmente acordamos asociarnos para sacar adelante el proyecto.
Me llevé la pitón a Oklahoma y la apareé con tres hembras de coloración normal. Sin embargo, una vez nacieron las primeras crías, Tom quiso poner fin a nuestra sociedad para poder vender la pitón albina. Repartimos las crías entre ambos y él terminó vendiendo el ejemplar original. Nunca más volví a tener noticias de que de aquellos animales de Tom llegaran a nacer pitones albinas.

En abril de 1986 eclosionaron por fin las primeras pitones birmanas albinas nacidas en cautividad. Procedían del cruce entre dos ejemplares heterocigotos. Las siete primeras crías que rompieron el cascarón parecían completamente normales. En aquella época apenas se conocía nada sobre el comportamiento hereditario del albinismo y ni siquiera tenía claro que aquel carácter pudiera transmitirse a la descendencia. Empecé a preocuparme seriamente, pero entonces apareció una cabeza de color naranja y blanco.
Todavía hoy me cuesta encontrar palabras para describir la emoción que sentí en aquel momento. Había dedicado muchísimo tiempo, esfuerzo y dinero a aquel proyecto con la esperanza de conseguir pitones albinas y de que hubiera personas interesadas en ellas. Además, había dado por hecho que tendrían el mismo aspecto que el ejemplar albino capturado, de un amarillo limón muy intenso. Nunca imaginé que serían de un color naranja tan espectacular.
El interés por aquellos animales fue inmediato. Los puse a la venta por varios miles de dólares. Pensé que estaba llevando el precio al límite de lo que alguien estaría dispuesto a pagar, pero se vendieron enseguida. De repente, mucha gente empezó a pensar que criar serpientes podía convertirse en un negocio… y yo también.
Siempre he dicho que aquel momento cambió el rumbo de mi vida. Yo era licenciado en Biología y Herpetología, pero entonces trabajaba como gerente de una tienda de ropa. Tenía una esposa y una familia joven que sacar adelante. Tres años después dejé aquel trabajo para dedicarme por completo a la cría de serpientes.
En 1989 aquello ni siquiera se consideraba una profesión. De hecho, prácticamente no existían criadores profesionales de serpientes. Si no recuerdo mal, mi mujer fue una de las primeras personas en hacérmelo saber.

Más adelante alcanzaste otros hitos también importantes, como la primera pitón real albina en 1992 o la primera pitón reticulada albina en 1999. ¿Qué te impulsó a seguir el camino de la cría selectiva?
Aquel modelo de trabajo había demostrado que funcionaba. Consistía en encontrar un animal diferente y especial, conseguirlo y criar más ejemplares como él. Tuve la fortuna de poder repetir ese proceso muchas veces a lo largo de mi carrera.
Además, considero que, para muchos de nosotros, todo aquello que es diferente y hermoso a la vez tiene un atractivo especial. Y las mutaciones genéticas son precisamente eso. Al menos al principio, pueden ser algo extraordinariamente raro. En ocasiones, incluso puede existir un único ejemplar en todo el mundo.
Hay algo más que me gustaría añadir. En el fondo, soy un herpetocultor. Eso es lo que realmente me apasiona: criar animales, verlos crecer y obtener nuevas generaciones.
La industria de las fases ha experimentado un crecimiento extraordinario desde aquellos años en los que tú ayudaste a sentar sus bases. ¿Cómo valoras esa evolución y qué es lo que más te sorprende de la herpetocultura actual?
El crecimiento que ha experimentado nuestra afición es sencillamente increíble. Hace cuarenta años era imposible imaginar algo parecido.
Hoy la cría en cautividad forma parte de la propia afición. Quien empieza ya no piensa en tener una única serpiente, sino una pareja. Todo el mundo contempla la posibilidad de criar sus animales, no necesariamente para vender las crías, sino porque es una prolongación natural del disfrute que supone mantenerlos.
Además, hoy en día todo está al alcance de cualquiera. Aquí, en Estados Unidos, puedes entrar en la página web de un criador o en una plataforma de venta, elegir un animal y recibirlo en tu casa apenas unas horas después. La información está disponible de forma inmediata y es muy fácil compartir experiencias con otros aficionados. ¡Es fantástico!

Instalaciones y trabajo diario
Tus instalaciones han evolucionado enormemente desde aquellos primeros años. ¿Cómo son hoy y cuáles son los principales proyectos y especies en los que estás centrado actualmente?
He pasado de trabajar en un pequeño garaje acondicionado a disponer de dos instalaciones que, en conjunto, suman unos 1.100 metros cuadrados. Y siguen creciendo tanto en tamaño como en capacidad.
El número de animales, las especies y las fases con las que trabajo ha ido cambiando con los años para adaptarse a la evolución del mercado. Actualmente me centro principalmente en pitones birmanas, pitones reticuladas y pitones de roca africanas. Además, también mantengo otras pitones y boas… En la actualidad contamos con varios cientos de ejemplares adultos reproductores de las especies de mayor tamaño y nuestra producción anual se traduce en miles de animales.
En los últimos años también he empezado a criar un buen número de varanos acuáticos (Varanus salvator). Son animales que me gustan muchísimo: interesantes, activos, inteligentes y, en ocasiones, incluso amistosos.
¿Cómo es un día cualquiera de trabajo en tus instalaciones?
Me gusta trabajar. Llego a mis instalaciones sobre las seis y media de la mañana y normalmente no termino hasta las seis y media de la tarde. Y así, los siete días de la semana.
Paso más tiempo del que me gustaría sentado en mi despacho, aunque sigo dedicando muchas horas a los animales. Además, tengo la suerte de contar con un gran equipo que se encarga de buena parte del trabajo más duro.
Aquí siempre está ocurriendo algo. Siempre hay animales reproduciéndose, haciendo puestas, naciendo… También dedicamos mucho tiempo a hacer fotografías para la página web y para nuestros clientes, y mantener al día las redes sociales requiere cada vez más trabajo.
A última hora de la tarde preparamos y enviamos los animales que tienen que salir ese día. En definitiva, aquí estamos ocupados desde primera hora de la mañana hasta el final de la jornada.

Legado
Mirando atrás, ¿qué es lo que más echas de menos de aquellos primeros años de la herpetocultura?
Sinceramente, he tenido la suerte de vivir experiencias extraordinarias. Ha sido un viaje increíble y lo sigue siendo: las cosas no han dejado de mejorar con el paso de los años. La afición sigue creciendo, evolucionando y ofreciéndonos nuevas oportunidades. Por eso no puedo decir que eche de menos nada en particular. Creo que estamos viviendo el mejor momento de la herpetocultura.
Después de tantos años, ¿siguen despertando los reptiles en ti la misma pasión que al principio?
Creo que lo más valioso que tengo es la pasión que sigo sintiendo tanto por los animales como por este trabajo. Es algo que no ha disminuido con el paso del tiempo.
Sé que muchas personas tienen dificultades para encontrar un rumbo en sus vidas, trabajan en empleos que no les hacen felices y nunca llegan a experimentar la satisfacción que produce dedicarte a algo que realmente tenga sentido. A mí nunca me ha ocurrido eso.
Hay una cita que siempre me ha gustado y que resume muy bien mi forma de ver la vida: «La alegría es el combustible de la vida.» Ayn Rand

Más sobre Bob Clark
Después de más de 5 décadas trabajando con reptiles, Bob Clark continúa compartiendo su trabajo con la misma pasión que transmiten sus palabras. Si quieres seguir de cerca su día a día, conocer sus proyectos de cría y descubrir algunos de los ejemplares más extraordinarios que han pasado por sus instalaciones, puedes hacerlo a través de sus perfiles oficiales en Facebook e Instagram









