Por Rodrigo Bustos
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Marruecos y el antiguo Sáhara Español (Sáhara Occidental) constituyen un destino herpetológico clásico para todos aquellos que disfrutan de viajar para descubrir los animales en su medio natural. Para los españoles, Marruecos ha sido tradicionalmente uno de los destinos internacionales más accesibles y visitados, sobre todo por su cercanía y por los costes económicos que tiene el país. Vuelos de menos de tres horas, múltiples aeropuertos, herencia de las culturas española y francesa, gastronomía e historia hacen que sea un lugar muy amigable de visitar. Si a todo esto le sumamos los impresionantes hábitats y entornos naturales que podemos encontrar, como las grandes montañas del Atlas o el imponente desierto del Sáhara, junto a sus habitantes escamosos, como la mítica cobra egipcia, todo ello da como resultado un lugar visitado por gran cantidad de naturalistas y fotógrafos durante todas las épocas del año. Esto nos hace plantearnos la siguiente cuestión: ¿Puede el turismo de naturaleza convertirse en un aliado de la conservación?

Marruecos, un tesoro para los amantes de los reptiles
Cuando pensamos en reptiles y anfibios exóticos, siempre nos vienen a la cabeza lugares como el Sudeste Asiático, América, Oceanía… y pocas veces nos paramos a pensar que, a escasas dos horas del aeropuerto de Madrid, podemos encontrar cobras en el campo. Marruecos, en el norte del continente africano, alberga un total de 104 especies de reptiles y anfibios, una gran cantidad de especies cuando hablamos de destinos desérticos. Pero no solo hay desierto en Marruecos. La cordillera del Atlas actúa como una barrera entre el bosque mediterráneo y el desierto del Sáhara, por lo que podemos dividir el país en dos grandes zonas: el norte y el sur del Atlas, cada una de ellas con sus propios ecosistemas y microhábitats. Esta enorme cantidad de biotopos hace que muchas especies de herpetos proliferen en las diferentes zonas. Podemos destacar como la reina de Marruecos a la cobra egipcia (Naja haje), protagonista de leyendas como la que afirma que fue la causante de la muerte de Cleopatra VII. Más especies interesantísimas pueblan el país, como la víbora bufadora (Bitis arietans), que, en el caso de Marruecos, se trata de una población relíctica totalmente separada del resto de su distribución en el continente africano. Lagartos de cola espinosa (Uromastyx nigriventris y Uromastyx dispar flavifasciata), víboras cornudas (Cerastes cerastes), la imponente víbora del Magreb (Daboia mauritanica) o el indiscutible rey del Sáhara (Varanus griseus griseus) son una pequeña muestra de la fauna tan exótica e impresionante que tenemos a unas pocas horas de España.
Esta extraordinaria riqueza biológica atrae cada año a naturalistas, fotógrafos y aficionados a la fauna procedentes de todo el mundo. Pero, más allá del interés que despiertan estas especies, surge otra cuestión fundamental: ¿puede esa afluencia de visitantes contribuir también a su conservación?

El turismo como herramienta de conservación
Tradicionalmente, el turismo y la conservación han sido vistos como conceptos difíciles de compatibilizar. La presencia de visitantes en espacios naturales suele asociarse a impactos negativos sobre el medio ambiente, desde la alteración de hábitats hasta la generación de residuos o molestias a la fauna. Sin embargo, cuando se desarrolla de forma responsable y bien gestionada, el turismo de naturaleza puede convertirse en una de las herramientas más eficaces para promover la conservación de los ecosistemas y de las especies que los habitan.
En países como Marruecos, donde la biodiversidad constituye un patrimonio natural de enorme valor, el turismo especializado en observación de fauna ofrece una oportunidad única para transformar ese patrimonio en una fuente de desarrollo sostenible. Cada viajero que recorre los desiertos, montañas y oasis en busca de reptiles, aves o mamíferos genera un impacto económico que beneficia a numerosos actores locales: guías, conductores, alojamientos, restaurantes y pequeñas empresas vinculadas al territorio. Cuando estos beneficios dependen directamente de la existencia y buen estado de los ecosistemas, la conservación deja de percibirse como una limitación y pasa a convertirse en una oportunidad.
Este aspecto resulta especialmente importante en el caso de los reptiles, un grupo faunístico que a menudo sufre el rechazo o la incomprensión de parte de la población. Es difícil proteger aquello que no se valora, y más difícil aún aquello que se considera peligroso o carente de utilidad. Sin embargo, cuando determinadas especies atraen visitantes interesados en conocerlas y fotografiarlas, comienzan a adquirir un valor diferente a ojos de las comunidades locales. Un lagarto, un anfibio o una serpiente dejan de ser simplemente animales presentes en el entorno para convertirse también en recursos naturales capaces de generar actividad económica.
El turismo responsable puede contribuir además a la sensibilización ambiental. Los viajeros suelen mostrar un gran interés por conocer la fauna y los ecosistemas que visitan, lo que favorece el intercambio de conocimientos entre visitantes y habitantes locales. Esta interacción ayuda a poner en valor especies que con frecuencia pasan desapercibidas y fomenta una mayor conciencia sobre la importancia de conservar los hábitats naturales. A largo plazo, esta percepción positiva puede traducirse en una mayor implicación local en la protección de la biodiversidad.

Por supuesto, no cualquier forma de turismo genera beneficios para la conservación. Para que este modelo funcione, es imprescindible que la actividad se desarrolle de manera ética, respetando a los animales y minimizando las alteraciones sobre el medio natural. El objetivo no debe ser únicamente observar fauna, sino hacerlo de una manera que contribuya a garantizar su supervivencia futura.
En definitiva, el turismo de naturaleza puede convertirse en un poderoso aliado de la conservación cuando crea un vínculo directo entre la protección de la biodiversidad y el bienestar de las comunidades locales. Allí donde la fauna genera oportunidades, empleo y desarrollo, aumenta también el interés por preservar los ecosistemas que la sustentan. Porque, al fin y al cabo, la mejor garantía para que los viajeros sigan llegando mañana es que los animales que vienen a buscar continúen estando allí.
La importancia de trabajar con actores locales
Para que el turismo de naturaleza tenga un impacto positivo real, no basta con visitar un destino y observar su fauna. Es fundamental que los beneficios generados por esa actividad repercutan directamente en las comunidades que conviven con ella. Apostar por empresas locales, alojamientos gestionados por habitantes de la zona y servicios contratados en el propio país contribuye a que la conservación se perciba como una oportunidad de desarrollo y no como una limitación.
En este contexto, la figura de los guías locales especializados resulta especialmente valiosa. Su conocimiento del territorio, de las especies y de las costumbres locales es insustituible y, en muchos casos, supera ampliamente la información disponible en guías de viaje o publicaciones científicas. Confiar en ellos no solo mejora la experiencia del visitante, sino que también ayuda a fortalecer un tejido profesional estrechamente ligado a la conservación del patrimonio natural.
Además, los viajes de naturaleza generan una valiosa oportunidad para el intercambio de conocimientos. Los viajeros aportan experiencias, perspectivas y observaciones adquiridas en otros lugares del mundo, mientras que los guías y colaboradores locales ofrecen una comprensión profunda del entorno y de sus desafíos de conservación. Este intercambio enriquece a ambas partes y favorece la creación de vínculos que, en muchos casos, se traducen en futuras colaboraciones, proyectos de investigación o iniciativas de conservación.
En definitiva, un turismo de calidad no debe limitarse a buscar fauna, sino también a apoyar a las personas que trabajan cada día para protegerla. Porque conservar la naturaleza y contribuir al desarrollo local son objetivos que, bien gestionados, pueden avanzar de la mano.

Ciencia y turismo: una alianza necesaria
El turismo de naturaleza puede desempeñar un papel mucho más importante que el simple disfrute o la observación de fauna. Cuando existe colaboración entre viajeros, guías locales e investigadores, los viajes pueden convertirse en una valiosa herramienta de apoyo al conocimiento y la conservación de las especies. En países donde los recursos destinados a la investigación son limitados, esta cooperación permite generar información útil, identificar nuevas amenazas y contribuir al desarrollo de proyectos de conservación sobre el terreno.
En nuestro caso, cada viaje a Marruecos intenta ir más allá de la mera observación de reptiles. Gracias a la colaboración con especialistas y científicos locales, aprovechamos las expediciones para recopilar información que pueda resultar de interés para diferentes proyectos de investigación y conservación. Se trata de una forma de turismo en la que la búsqueda de fauna se complementa con la generación de conocimiento, aportando un valor añadido tanto para los participantes como para la comunidad científica.
Uno de los proyectos en los que colaboramos está centrado en las dos especies de lagarto de cola espinosa presentes en Marruecos, Uromastyx nigriventris y Uromastyx dispar flavifasciata. Aunque la distribución general de ambas especies es conocida, todavía existen amplias zonas poco estudiadas donde la información disponible es escasa o incompleta. Durante nuestros recorridos tratamos de documentar nuevas localidades, recopilar observaciones y explorar áreas potencialmente favorables para estas especies. Especial interés despiertan aquellas regiones donde, por sus características geográficas y ecológicas, podría existir una zona de contacto entre ambas formas, una cuestión que sigue planteando interrogantes desde el punto de vista biogeográfico.
Otro de los proyectos en los que participamos está relacionado con la conservación del varano del desierto, Varanus griseus griseus, uno de los reptiles más emblemáticos y fascinantes del norte de África. A pesar de su amplia distribución, esta especie se enfrenta a diversas amenazas que varían según la región, desde la persecución directa por desconocimiento o miedo hasta la transformación progresiva de algunos de sus hábitats. Durante los viajes colaboramos en la recopilación de observaciones de campo y en la identificación de problemáticas locales que puedan afectar a sus poblaciones. El objetivo es contribuir a una mejor comprensión de la situación de la especie y apoyar la búsqueda de medidas que favorezcan su conservación a largo plazo.
El varano del desierto es, además, una especie especialmente adecuada para desempeñar el papel de especie paraguas, ya que la conservación de los hábitats que ocupa beneficia también a numerosas especies menos conocidas.

Este tipo de iniciativas demuestra que turismo y ciencia no son actividades independientes, sino herramientas complementarias. Cada observación registrada, cada conversación mantenida con habitantes locales y cada jornada de campo aportan información que puede resultar valiosa para comprender mejor la biodiversidad del país. Al mismo tiempo, los participantes tienen la oportunidad de conocer de primera mano los retos a los que se enfrentan muchas especies y comprender que la conservación no depende únicamente de leyes o espacios protegidos, sino también del conocimiento y del compromiso de quienes las estudian y las visitan.
Cuando la pasión por descubrir la naturaleza se combina con el interés por comprenderla y protegerla, el viaje adquiere una dimensión mucho más profunda. El turismo deja entonces de ser únicamente una experiencia personal para convertirse también en una pequeña contribución al conocimiento y la conservación del patrimonio natural que hemos venido a admirar.
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Riesgos del turismo mal gestionado
Aunque el turismo de naturaleza tiene el potencial de convertirse en una poderosa herramienta de conservación, también puede generar importantes impactos negativos cuando se desarrolla sin criterios éticos ni de sostenibilidad. La simple presencia de viajeros en un territorio no garantiza beneficios para la fauna; en algunos casos, puede incluso contribuir a agravar los problemas que amenazan su supervivencia.
Uno de los riesgos más evidentes es la perturbación directa de los animales. La búsqueda obsesiva de fotografías o avistamientos puede provocar estrés, alterar comportamientos naturales e incluso afectar a la reproducción de determinadas especies. En ocasiones, algunos animales son manipulados innecesariamente para obtener mejores imágenes o para facilitar la observación por parte de los grupos. Estas prácticas resultan incompatibles con un turismo responsable.
La fotografía de naturaleza debe ser una consecuencia del encuentro con el animal, nunca una justificación para alterar su comportamiento o comprometer su bienestar. Ninguna imagen, por espectacular que sea, debería obtenerse a costa de perjudicar al animal fotografiado.
Sin embargo, uno de los ejemplos más claros de cómo el turismo puede perjudicar directamente a la fauna se encuentra en el uso de animales silvestres como reclamo para visitantes. En algunos lugares de Marruecos, especialmente en zonas turísticas muy concurridas, todavía es posible encontrar serpientes y monos utilizados para espectáculos o para fotografiarse con los visitantes. Detrás de estas actividades suele existir una realidad poco visible para el turista: animales capturados en la naturaleza, mantenidos en condiciones inadecuadas, sometidos a estrés constante y, en muchos casos, con una elevada mortalidad.
La conocida plaza de Jemaa el-Fna, en Marrakech, es probablemente el ejemplo más representativo de esta problemática. Aunque para muchos visitantes forma parte de la experiencia turística tradicional, cada fotografía pagada y cada interacción con estos animales contribuye a mantener una actividad basada en su captura y explotación. La demanda genera la oferta. Si los turistas dejan de pagar por este tipo de espectáculos y fotografías, disminuirá también el incentivo para seguir capturando y utilizando animales silvestres con fines comerciales.
Otro problema asociado a la popularización de determinadas especies es el riesgo de captura ilegal para coleccionismo o comercio de animales exóticos. La divulgación irresponsable de localizaciones precisas o la excesiva exposición de ciertas especies puede incrementar la presión sobre poblaciones vulnerables, especialmente en reptiles de distribución restringida. Marruecos es y ha sido un lugar donde el expolio ilegal de algunas especies de reptiles se ha hecho de forma masiva.
El turismo responsable implica asumir que nuestras decisiones tienen consecuencias. Elegir no participar en actividades que impliquen sufrimiento animal, rechazar espectáculos basados en la explotación de fauna silvestre y priorizar experiencias que respeten a los animales en su entorno natural son acciones sencillas que pueden marcar una diferencia significativa.
En última instancia, el éxito del turismo de naturaleza no debería medirse por el número de fotografías obtenidas ni por la proximidad alcanzada con un animal, sino por su capacidad para generar beneficios sin comprometer aquello que ha motivado el viaje. Si el turismo pretende ser una herramienta de conservación, el respeto por la fauna debe situarse siempre por encima de cualquier interés económico, recreativo o fotográfico.

Conservar para seguir viajando
Marruecos es uno de los destinos más fascinantes del Paleártico occidental para cualquier amante de los reptiles. Sus desiertos, montañas, oasis y llanuras albergan una extraordinaria diversidad de especies, muchas de ellas adaptadas a algunos de los ambientes más extremos del norte de África. Sin embargo, la verdadera riqueza de estos ecosistemas no reside únicamente en los animales que podemos observar hoy, sino en la capacidad de garantizar que sigan formando parte del paisaje mañana.
A lo largo de este artículo hemos visto cómo el turismo puede convertirse en una herramienta de conservación cuando genera beneficios para las comunidades locales, apoya el trabajo de guías y científicos, fomenta el conocimiento de la biodiversidad y contribuye a valorar la fauna como un recurso vivo. También hemos visto que, cuando se practica de forma irresponsable, puede transformarse en una amenaza para las mismas especies que pretende admirar.
El futuro del turismo de naturaleza dependerá en gran medida de nuestra capacidad para encontrar ese equilibrio. Como viajeros, fotógrafos, naturalistas o herpetólogos, tenemos la responsabilidad de actuar de forma coherente con los valores que defendemos. Cada decisión cuenta: a quién contratamos, dónde gastamos nuestro dinero, qué actividades apoyamos y cómo nos comportamos frente a la fauna que hemos recorrido miles de kilómetros para observar.

Viajar no debería consistir únicamente en acumular especies observadas o fotografías obtenidas. Debería ser también una oportunidad para comprender mejor los lugares que visitamos y contribuir, aunque sea modestamente, a su conservación. Porque cada guía local que encuentra en la naturaleza una fuente de ingresos sostenible, cada investigador que recibe apoyo para continuar su trabajo y cada comunidad que descubre el valor de proteger su patrimonio natural representan un paso más hacia la conservación de estos ecosistemas.
Al fin y al cabo, la relación entre turismo y conservación es mucho más que una alianza deseable: es una necesidad. Los viajeros acudimos a Marruecos atraídos por su extraordinaria biodiversidad, pero esa biodiversidad solo seguirá existiendo si encuentra motivos para ser protegida.
Y esa es quizás la lección más importante de todas: los reptiles no necesitan turistas para sobrevivir; somos nosotros quienes necesitamos que ellos sigan existiendo para seguir soñando con encontrarlos al otro lado del camino.










