Por Terrario tecnia / imágenes: Javier Magro
Durante más de medio siglo, Excidobates mysteriosus fue poco más que un fantasma atrapado en un frasco de vidrio en el “American Museum of Natural History”. Su historia comenzó en julio de 1929, cuando el geólogo estadounidense Harvey Bassler, explorando para una compañía petrolera y para el gobierno peruano, recogió un juvenil de apenas 17,6 milímetros perdido en las alturas del Alto Marañón (noroeste de Perú). Ese minúsculo animal sería el único rastro tangible de la especie durante décadas.
En 1982, el herpetólogo Charles W. Myers intentó arrojar algo de luz sobre aquel enigmático animal. Con solo ese ejemplar como referencia, describió formalmente la especie y la bautizó con el nombre “mysteriosus”: misteriosa. Y lo era. Nadie sabía que aspecto tenía en vida, cuál era su hábitat, cómo se reproducía ni qué relación tenía con otras ranas similares. Myers reconstruyó el itinerario de Bassler y situó el encuentro en la localidad de Santa Rosa, en el Alto Marañón. Pero aquella coordenada, como pronto se descubriría, era tan incierta como la propia rana.
Años después, revisando colecciones del “Museo de Historia Natural Javier Prado” (en Lima), el biólogo alemán Rainer Schulte encontró algo que cambiaría la historia: una rana de gran tamaño y patrón de manchas claras que coincidía inquietantemente con la descripción de Myers. El misterio renacía. Si aquello era verdaderamente “mysteriosus”, ¿Qué tipo de hábitat podía sostener a una especie tan esquiva? Y ¿cómo había permanecido oculta tanto tiempo? La respuestas solo podrían hallarse siguiendo los pasos de Bassler a través de la Cordillera del Cóndor. Schulte Comenzaba así una expedición que combinaba historia, aventura y ciencia.

Tras las huellas de un explorador olvidado
Reconstruir el viaje de Bassler fue una tarea casi detectivesca. Sus anotaciones hablaban de lugares como; Pomará, la quebrada La Yunga, Santa Rosa y de un descenso hacia el río Chinchipe, a unos 900 metros de altitud. Pero cuando Schulte intentó localizar aquellos territorios, algo no encajaba: algunos no aparecían en mapas oficiales, otros estaban mal situados y las altitudes no coincidían con la topografía real.
Para complicar aún más el rompecabezas, la región estaba atravesada por restos de antiguos caminos incas, haciendas del siglo XIX y asentamientos hoy desaparecidos. Santa Rosa de La Yunga, fundada hacia 1850, conservaba todavía ecos del pasado: pavimentos incas en Jaén Viejo, rutas que serpenteaban por la Cordillera del Cóndor y un paisaje minero que en el pasado había atraído al imperio inca por la calidad del oro de sus montañas.
En estas tierras abruptas, de crestas calizas y paredes fósiles, entre los ríos Marañón y Chinchipe, la expedición de Schulte iniciaba en 1989 su andadura con la incertidumbre como compañera de viaje. Las alturas reales no coincidían con las registradas por Bassler: Santa Rosa se encontraba en realidad a unos 1.300 metros, y Vista Alegre, más arriba, alcanzaba los 1.800. Cada discrepancia sembraba nuevas dudas sobre dónde, exactamente, había encontrado Bassler aquella rana. Pero el paisaje, imponente y a veces sobrecogedor, daba una pista esencial: allí, escondida entre bosques secos, sabanas espinosas y selvas montanas, podía sobrevivir una especie sin ser vista durante sesenta años.

Una cordillera de contrastes
La Cordillera del Cóndor era un mosaico vivo. En las zonas bajas, el calor reseco levantaba polvo entre algarrobos, agaves y cactus. Las bromelias y tillandsias se aferraban a paredes rocosas verticales, mientras lagartijas del género Tropidurus y enormes Tupinambis nigropunctatus cruzaban el camino como guardianes de la sabana.
A medida que el equipo ascendía, la vegetación cambiaba bruscamente: almendros de madera dura, cactáceas y un bosque ralo donde casi no había hojarasca. Y más arriba, hacia los 1.200 –1.400 metros, comenzaba la selva húmeda montana, un mundo completamente distinto: árboles altos, humedad palpable, temperaturas frescas y un silencio denso que lo envolvía todo. Fue precisamente en aquellas alturas donde la expedición esperaba encontrar a Excidobates mysteriosus. Pero las primeras búsquedas, en chacras, montes y bosques, fracasaron una y otra vez.
Cuando la esperanza comenzaba a desvanecerse, la aventura dio un giro inesperado. Weyder Razzeto, compañero de Schulte, escuchó relatos de dos lugareños que afirmaban haber visto una rana muy llamativa en los bosques de almendros del cerro Casapita.
Siguiendo esta pista, el equipo subió hacia un relicto de bosque a unos 1.100 metros de altitud. Allí, un almendro gigantesco, casi horizontal por la pendiente, estaba cargado de enormes bromelias del género Aechmea. Parecían encontrarse en el lugar correcto. Y lo estaban.
Lorenzo Pérez Cabrejo, guía local y excelente rastreador, encontró la primera rana dentro de la cavidad central de una Aechmea, oculta como un tesoro dentro de un cofre vegetal. El cielo estaba ligeramente nublado, la temperatura rondaba los 20 °C, y el agua almacenada en las axilas de la bromelia marcaba 17 °C. Aquel pequeño charco suspendido en el aire era el hogar de la especie perdida.
Pero capturarla no fue sencillo. Las ranas se posaban en la entrada del embudo natural de la planta y, ante cualquier amenaza, se dejaban caer al fondo, donde quedaban fuera de la vista. Para encontrar un ejemplar era necesario revisar y abrir entre 30 y 40 bromelias. Schulte decidió limitar la intervención y solo recolectaría los individuos imprescindibles para estudiar la especie sin destruir su frágil hábitat.
Dentro de aquellas Aechmeas se desarrollaba una pequeña comunidad selvática: grillos, arañas venenosas, hormigas agresivas que defendían ferozmente su territorio y, para sorpresa del equipo, la misma hormiga arborícola (de abdomen en forma de corazón) que constituye parte esencial de la dieta de varias especies de Dendrobates en la Cordillera Oriental. Gracias a esta abundancia de presas, las ranas mostraban un estado físico excelente y no necesitaban descender al suelo. Excidobates mysteriosus no solo había sido redescubierta; había revelado, además, un mundo secreto que llevaba oculto casi un siglo.
El éxito de la expedición de Schulte fue mucho más que localizar una rana: significó corregir mapas, reinterpretar testimonios, explorar senderos incas olvidados y adentrarse en un territorio donde la historia y la biología se entrelazan. Además, proporcionó, por primera vez, datos reales sobre su hábitat, altitud, ecología y modo de vida. Su redescubrimiento no fue el final del camino, sino una invitación a continuar explorando la Cordillera del Cóndor, uno de los refugios más sorprendentes y ricos del Perú, donde aún hoy pueden esconderse especies que esperan, silenciosas, a ser descubiertas.
Fuentes
Schulte, R. (1990). Redescubrimiento y Redefinición de Dendrobates mysteriosus (MYERS 1982) de la Cordillera del Cóndor. BOLETIN DE LIMA, (70), 57-68.









