Así opera el lobby animalista en Europa

Por Terrario tecnia

Durante mucho tiempo, las leyes sobre animales se redactaban contando con quienes trabajaban directamente con ellos. Veterinarios, biólogos y profesionales con experiencia formaban parte activa de ese proceso. Sin embargo, eso está cambiando, probablemente más de lo que parece a simple vista. En los últimos años han ido ganando peso organizaciones muy estructuradas, con estrategia y objetivos claros, que se mueven con gran eficacia en el terreno político europeo.

El debate no está tanto en que existan, algo lógico en cualquier sociedad democrática, sino en cómo han pasado de influir a condicionar cada vez más el marco desde el que se legisla. Porque el enfoque desde el que operan no es técnico. Parte de una determinada visión ética y filosófica sobre cómo debería ser la relación entre humanos y animales y, desde ahí, interpretan muchos de los problemas actuales.

El mecanismo que utilizan es relativamente sencillo. Se elige un tema que conecta fácilmente con la sensibilidad del público —el sufrimiento animal, el comercio de especies o la idea de que ciertos animales no deberían mantenerse en cautividad— y se construye un relato claro y emocional. Ese relato gana visibilidad, se convierte en campaña y termina llegando al debate político. Y ahí es donde aparece uno de los aspectos más delicados de todo este proceso: la presión. No se trata solo de influir en decisiones concretas, sino de generar un clima social en el que determinadas medidas terminan percibiéndose como moralmente incuestionables.

El problema es que, en ese recorrido, la realidad suele distorsionarse. Para que un mensaje llegue a mucha gente debe ser fácil de entender, y eso implica dejar fuera matices importantes. Se acaban agrupando situaciones muy distintas bajo una misma idea general. No es lo mismo el maltrato que el manejo responsable, ni el comercio ilegal que la cría ordenada en cautividad, pero muchas veces esas diferencias quedan difuminadas dentro del debate público.

Reptiles criados en cautividad, mantenidos durante décadas por aficionados responsables, han acabado asociados a supuestos riesgos sanitarios y de seguridad pública

Mientras tanto, los expertos en materia de bienestar animal suelen quedar en un segundo plano. No necesariamente porque carezcan de voz, sino porque su manera de explicar la realidad es más compleja y menos inmediata. El resultado es que el criterio técnico sigue presente, pero pierde peso frente a discursos mucho más simples y emocionales. Y cuando eso ocurre, la calidad de la legislación puede resentirse.

Esto se aprecia especialmente en propuestas como los listados positivos. Determinar qué especies son adecuadas y cuáles no es una cuestión compleja, que requiere contexto, experiencia y conocimiento científico. Sin embargo, incluso cuando intervienen expertos, su papel puede quedar limitado. En el caso español, el propio desarrollo normativo establece que los informes técnicos no serán vinculantes, dejando la decisión final en manos del ministerio correspondiente. Es decir, el conocimiento especializado quedará subordinado a decisiones políticas cada vez más influenciadas por este tipo de organizaciones.

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El problema de fondo no es querer mejorar el bienestar animal, algo que difícilmente puede cuestionarse. La cuestión es cómo se están construyendo las herramientas para hacerlo. Cuando la legislación se desarrolla a partir de planteamientos excesivamente simplificados o muy condicionados por marcos ideológicos, puede resultar eficaz desde el punto de vista político, pero también más débil desde el punto de vista técnico. Y cuando eso sucede, las consecuencias terminan apareciendo: regulaciones difíciles de aplicar, sectores afectados sin un análisis profundo del impacto y decisiones que, en algunos casos, pueden acabar alejándose del bienestar real de los propios animales.

Porque esa es, probablemente, la cuestión más importante de todas. No solo están en juego actividades, sectores o profesionales. También está en juego la calidad de las decisiones que afectan directamente a los animales. Y cuando esas decisiones se toman desde una comprensión incompleta de la realidad, el riesgo no es únicamente equivocarse, sino hacerlo convencidos de estar actuando correctamente.

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