Por Javier Magro
Cuando muchos nos iniciamos en la terrariofilia, queríamos tenerlo todo. Saurios, ofidios, quelonios… Nos atraía la diversidad, las formas, los colores y la posibilidad de mantener en casa animales que hasta entonces solo habíamos contemplado en fotografías.
Era fácil caer en la tentación de abarcar mucho. En aquellos años tampoco disponíamos de la cantidad de información que tenemos hoy. La historia natural de muchas especies apenas era conocida entre los aficionados y, en demasiadas ocasiones, su mantenimiento se reducía a una serie de parámetros más o menos fiables y establecidos.
Quizá por eso muchos acabamos convirtiendo nuestras casas en pequeños reptilarios. Cada nuevo terrario suponía una ilusión. Cada nueva especie, un reto. Y, durante un tiempo, esa acumulación formaba parte de nuestra manera de entender la afición. Pero los años pasan y también cambia nuestra forma de entenderla.
Llega un momento en el que dejamos de preguntarnos cuántas especies podemos mantener para empezar a preguntarnos cuánto podemos llegar a conocer y disfrutar de aquellas que realmente nos apasionan. Y ahí, en mi opinión, comienza una de las etapas más bonitas e interesantes de la terrariofilia, cuando hemos aprendido que no necesitamos llenar una habitación de terrarios para disfrutar plenamente de nuestra afición.
Ahora basta con unos pocos. Unos pocos terrarios en los que cada animal tenga las mejores condiciones posibles, donde podamos observar sus formas innatas de comportamiento y, en definitiva, conocerlos mucho más allá de su apariencia. Quizá esa sea una de las grandes diferencias entre el aficionado que comienza y el que lleva algunos años en esto.
Mecenas
También hemos aprendido a dejar atrás determinadas formas de entender la terrariofilia. La necesidad de demostrar, de competir o de reivindicar constantemente quién fue el primero en reproducir determinada especie pierde importancia cuando descubrimos que la verdadera esencia de esta afición está en conseguir que un ejemplar se desarrolle en óptimas condiciones, en reproducir unas condiciones que permitan expresar comportamientos naturales, en contemplar cómo nace una nueva generación de una especie que llevamos años admirando. Y, sobre todo, en sentarnos delante del terrario y disfrutar de lo que tenemos delante.
No importa demasiado que la especie sea extremadamente exigente o relativamente sencilla de mantener. La satisfacción no debería depender de la dificultad como una forma de prestigio. Lo verdaderamente importante es que aquello que mantenemos nos interese, nos motive y nos impulse a seguir aprendiendo. Por eso, con los años, muchos hemos pasado de ser coleccionistas a convertirnos, de alguna manera, en especialistas.
Nos hemos centrado en determinados géneros o especies y hemos comenzado a profundizar en ellos. Ya no queremos saber un poco de todo, sino saber mucho de aquello que realmente nos apasiona. Y esa especialización no solo nos beneficia individualmente. También hace crecer a nuestro colectivo.
Quizá por eso la esencia de la terrariofilia no esté en tener más, sino en disfrutar mejor, tener poco y tenerlo bien y, sobre todo, conocer aquello que mantenemos. Después de tantos años, quizá esa sea nuestra verdadera evolución como aficionados. Hemos dejado de perseguir la siguiente especie para empezar a disfrutar de la que ya tenemos.










