Fuengirola es uno de esos lugares que invitan a desconectar. A bajar el ritmo y a dejarse llevar. Allí, a escasos metros de la playa, se encuentra Snakeroom serpentarium.
Para algunos puede parecer un zoológico más. Pero basta con darle una oportunidad para entender que es algo muy distinto. Probablemente, una de las mejores experiencias con reptiles que se pueden vivir en la península.

Un letrero redondo con una culebra multicolor anuncia que hemos llegado. Al cruzar la puerta, las sensaciones son inmediatas. No es un lugar cualquiera. Aquí se respira algo más difícil de explicar: una pasión muy concreta por serpientes, lagartos y artrópodos. Y ese ambiente lo condiciona todo.
Prácticamente desde el primer momento, la percepción empieza a cambiar. No hay un instante exacto, ni un animal concreto que marque la diferencia. Es el conjunto: la atmósfera, los terrarios, la forma en la que todo está dispuesto. Snakeroom no te obliga a mirar distinto, pero te empuja a hacerlo.
Y entonces aparece Pepe, su propietario
A veces te recibe en la entrada. Otras, ya está dentro, entre terrarios. Pero cuando empieza a hablar, todo empieza a cobrar sentido. Pepe Cordero conoce profundamente los animales que mantiene y sabe cómo contarlos. Explica fácil lo complejo. Con matices, con ejemplos. Hace que lo entiendas sin darte cuenta. No impone su conocimiento, simplemente lo comparte.
La visita avanza. Terrario a terrario. Animal a animal. Procedencias, comportamientos, particularidades… Al principio todavía hay distancia. Cuando se abre un terrario, cuando un animal se acerca, aparece en algunos ese gesto casi automático: un pequeño paso atrás. Pero dura poco. Muy poco.
Porque, a medida que avanza la visita, algo cambia. Sin aviso. Sin esfuerzo. La gente empieza a acercarse. A mirar más de cerca. A interesarse.
Los terrarios tienen mucho que ver en ello. Están pensados. Construidos con intención. Enriquecidos con elementos naturales que no solo cumplen una función, sino que cuentan algo. Troncos, refugios, sustratos… pequeños fragmentos de hábitat que dan contexto a cada animal. Y eso se nota. El animal deja de ser “una serpiente” y pasa a ser algo más. Algo que se entiende.

En el serpentarium es fácil perder la noción del tiempo. Te detienes frente a un ejemplar de Elaphe carinata y lo observas beber con calma, sin hacer nada más. O te quedas atrapado por la iridiscencia de una boa arcoíris brasileña (Epicrates cenchria cenchria), viendo cómo sus colores cambian con cada leve movimiento. Y entonces ocurre algo mágico. El contacto.
Son los niños quienes dan el paso primero. Sin pensarlo demasiado se ofrecen a sostener la serpiente. Y cuando la tienen entre las manos, sucede algo especial. Una conexión inmediata, limpia, sin prejuicios. Como si todo lo aprendido hasta ese momento dejara de tener sentido.
Los adultos observan más contenidos. Más prudentes. Pero también acaban acercándose. Y cuando lo hacen, ya no hay vuelta atrás. El miedo se diluye y aparece la curiosidad.
El momento cumbre, sin embargo, llega en determinadas épocas del año. Cuando el serpentario ofrece a sus visitantes la posibilidad de ver una eclosión.
No es inmediata. No es previsible. Puede durar horas. Pero quien la presencia lo entiende al instante. A veces es solo una mínima ruptura del huevo, un movimiento casi imperceptible o la aparición de una cabeza que asoma por primera vez. Entonces todo se detiene. Nadie quiere perderse ese momento.
Ver emerger una vida así, y más aún cuando se trata de animales por los que sientes miedo, o una atracción profunda, es algo difícil de explicar. Pero imposible de olvidar.

En cada visita al serpentarium hay algo que siempre se repite. Uno sabe cuándo entra, pero no cuándo va a salir. Vuelves sobre tus pasos. Te detienes otra vez. Observas algo que antes no habías visto: un movimiento, un detalle, un comportamiento… y cuando finalmente sales, lo tienes claro. Sabes que volverás.
Porque, en el fondo, más allá de los animales o de las instalaciones, Snakeroom consigue algo poco habitual: reconectar con esa fascinación inicial. Esa que muchos sentimos al principio, cuando todo era nuevo. Cuando todo sorprendía. Y que recuerda, sin hacer ruido, por qué las serpientes nunca han dejado de fascinarnos.
Agradecimientos
Este artículo ha sido posible gracias al compromiso y la confianza de aficionados y profesionales que apoyan Terrario tecnia en Patreon. Mi agradecimiento sincero a Myriam Rodríguez, Celestino Clemente, Ferran Domenech, Ignacio Magro, Alberto VB, Harkito reptile, Habitat Herp, Terribilis.net y SO.HE.VA por hacerlo posible.









