Históricamente, muchos de los secretos de la naturaleza han sido revelados por quienes han decidido observarla de cerca. Rene Villanueva Maldonado pertenece a esa tradición de exploradores que no solo estudian el mundo vivo, sino que se adentran en él. Con la curiosidad como guía, ha recorrido selvas, bosques y montañas, combinando la observación rigurosa con una intensa labor de divulgación.
Arborista de profesión y naturalista de vocación, René cuenta con más de quince años de experiencia trabajando con vida silvestre en México y en distintos países. En 2013 fundó el proyecto Historia Natvrae, desde el que desarrolla iniciativas vinculadas a la historia natural y la divulgación científica.
A lo largo de su trayectoria ha participado en numerosas expediciones y ha colaborado como asesor técnico en documentales de vida salvaje, especialmente en el manejo de reptiles venenosos y en el rastreo de especies en su entorno natural. Sin embargo, su vínculo con la naturaleza va más allá del trabajo de campo. Rene reivindica la tradición clásica del naturalismo, una disciplina en la que ciencia, observación y arte han caminado siempre de la mano.
Su historia comenzó con un gesto sencillo: de niño descubrió que bastaba con levantar una piedra para encontrar un universo entero. Hoy, aquella fascinación infantil ha evolucionado hacia una profunda preocupación por la fragilidad de los ecosistemas y hacia un firme compromiso con la conservación del mundo natural en el país que lo vio nacer, México.
En esta entrevista conversamos con Rene Villanueva Maldonado sobre exploración, reptiles y anfibios, arte naturalista, divulgación científica y sobre cómo observar la naturaleza puede transformar nuestra forma de entenderla.

Su origen como naturalista
– Tu relación con la naturaleza comenzó muy temprano. ¿Recuerdas qué momentos o descubrimientos de la infancia marcaron realmente el inicio de esa vocación naturalista?
Sí, hubo varios momentos. Desde niño recuerdo el asombro y la curiosidad por voltear piedras y esperar encontrar animales debajo, fue mi abuelo paterno quien me introdujo en esa curiosa actividad, cuando yo tendría 2 años probablemente. Inevitablemente así fue como encontré mi primera serpiente, y a partir de ahí comenzó una gran fascinación por ellas.
También recuerdo haber encontrado un libro de ilustraciones antiguas de anfibios y reptiles, probablemente yo tendría unos 5 años de edad, y con ella comenzó mi aventura por el imaginario de las expediciones históricas en busca de descubrir el mundo, y eso me sumergió en el mundo de los naturalistas.
– Muchos naturalistas cuentan que su pasión comenzó explorando el entorno más cercano. ¿Cómo era ese México de tu infancia y qué tipo de animales o paisajes despertaron primero tu curiosidad?
México es un paraíso de reptiles. Mi entorno inmediato eran los viajes familiares a Valle de Bravo, Oaxaca y las inmediaciones de la Ciudad de México. Allí encontraba toda clase de especies fascinantes de lagartijas y culebras. A partir de entonces surgió mi gusto por buscarlas, capturarlas y observarlas, y también, desde niño, mantuve anfibios y reptiles en cautiverio.
Desde la adolescencia, aproximadamente a los 13 años, empecé a interesarme sobre todo en las víboras de cascabel, que veía en los alrededores de la Ciudad de México, donde crecí. En ese momento sentí una fascinación incontrolable por estos animales.
– Con el paso de los años, esa curiosidad infantil se convirtió en una profesión. ¿En qué momento sentiste que la naturaleza no solo sería una pasión, sino también el eje de tu vida?
Siempre he mantenido la esencia de ser un naturalista nato; siento que soy el mismo de siempre, pero con la idea de convertirme en uno de los grandes naturalistas de la historia. Mucho antes de enterarme de que existía la biología, yo ya conocía la historia natural, y ese universo, entre ejemplares de museo, ilustraciones y expediciones, cautivó el imaginario que conformaría mi cosmovisión personal.

Exploración y trabajo de campo
– A lo largo de tu trayectoria has participado en numerosas expediciones. ¿Qué es lo que sigue motivándote a salir al campo después de tantos años de exploración?
Para mi, no hay mejor sentido en la vida que estudiar la naturaleza y ver a las especies en su hábitat, en sus distantes geografías, inmersas en los procesos evolutivos y ecológicos que las han llevado durante millones de años a convertirse en lo que son. Su búsqueda siempre es un reto que exige encender al máximo los sentidos. No hay como sentir el clima, el suelo, los colores, olores, sonidos que componen el rico ambiente en el que viven las especies que busco. Para mí, esa motivación es la que da el sentido actual de mi pasión por la naturaleza.
– Gran parte de tu trabajo se ha desarrollado en ecosistemas tropicales. Para quienes nunca han tenido esa experiencia, ¿cómo describirías la sensación de explorar selvas y bosques tan ricos en biodiversidad?
Las selvas tropicales son el paraíso de la biodiversidad y, pese a estar llenas de vida, de ruido y de actividad, siempre suponen un gran reto logístico y físico. Uno esperaría ver animales por todos lados, pero esto no siempre es así. A menudo cuesta tanto trabajo encontrar a las especies que uno llega a preguntarse: ¿dónde se ha metido este animal? Por supuesto, no siempre se encuentra todo lo que uno busca, y a veces también aparecen especies que jamás habría esperado ver ni en sueños.
A veces es cuestión de azar, pero estos ambientes te ponen de inmediato en modo expedición, y no importa dónde se mire: siempre habrá algo fascinante que descubrir en cada rincón. También representan un reto físico importante: el calor, la humedad, la lluvia, el lodo, las espinas, los mosquitos… Las selvas tropicales son entornos que disfruto mucho, pero que son exigentes; uno debe ir preparado física y mentalmente.
Pero las selvas tropicales son, en esencia, el laboratorio mismo de la vida. Cada hoja sostiene una capa de bacterias, hongos, musgos y líquenes; el agua es un caldo de organismos que alimentan el bosque; los insectos han coevolucionado con plantas hasta imitar a la perfección su apariencia; las aves surcan el distante y elevado dosel, inaccesible para la mayoría de nosotros, donde habitan mariposas, plantas, reptiles y anfibios que rara vez se observan en la parte baja. Ríos que parecen océanos, como el Amazonas.
En fin, las selvas tropicales son infinitas, casi como internet: uno podría encontrar y encontrar cosas nuevas durante toda una vida.

– En tus expediciones has trabajado con especies muy diversas. En el caso de reptiles y anfibios, ¿qué encuentros en la naturaleza recuerdas con especial ilusión?
Bueno, esta es una pregunta un tanto difícil, ya que desde las especies más pequeñas hasta las más grandes, todas han constituido un reto y una ilusión por sí mismas. Eso sí, siempre que hago una expedición suelo tener un objetivo principal: alguna especie mítica, poco conocida, que pueda encontrar y filmar. Creo que, para cualquier amante de los reptiles, encontrar su primera anaconda salvaje es un sueño cumplido.
Sin embargo, las mayores aventuras que he vivido a menudo vienen de especies más pequeñas, raras y desconocidas. En México, me han llevado a adentrarme en las serranías del corazón del crimen organizado, lugares donde, para entrar, sabes que deberás verte frente a frente con gente cuya profesión es ser sicario. Recorrer una carretera fría, en una montaña en medio de la nada, con la niebla cubriéndolo todo. Y, al final, observar la silueta de estos personajes acercándose a tu coche y preguntándote: “¿a qué vienes?”. Y, encima de todo, tener que justificar que uno está buscando una pequeña víbora, una lagartija o una salamandra… y que te crean…
Estas aventuras son, por muchas razones más allá de la propia especie, expediciones memorables, que en todo momento procuro documentar. Algunas especies, como la víbora de Rowley (Bothriechis rowleyi), Lachesis melanocephala, Crotalus ericsmithi, Crotalus catalinensis o la anaconda verde (Eunectes murinus), han sido, sin duda, de las más memorables.

– Trabajar con fauna salvaje implica también asumir riesgos. ¿Hay alguna situación en el campo que te haya marcado especialmente o que te haya enseñado una lección importante como naturalista?
Bueno, claro, me he visto en situaciones complicadas, desde que una amiga fuera mordida por una serpiente de cascabel durante una expedición hasta ser secuestrado por el crimen organizado durante la búsqueda de una especie de víbora rara.
Los animales no me dan miedo. He estado con cocodrilos, serpientes, jaguares o tiburones blancos, y por su parte nunca me he sentido amenazado; más bien es la gente la que me da miedo. Asumo los riesgos que implica la búsqueda de muchas especies. Yo mismo fui mordido por una serpiente de cascabel hace 18 años, y casi me cuesta la vida. Eso sí, fue responsabilidad mía, y además el animal estaba en cautiverio.
El riesgo es parte de la aventura para mí; nunca es un impedimento, a menos que sea demasiado elevado.
– Muchos naturalistas tienen también su “lista de deseos”: especies que aún no han logrado observar pese a buscarlas activamente. ¿Hay algún reptil o anfibio que admires y todavía se te resista?
Hay tantos… demasiados. Por supuesto, los icónicos de su grupo: dragones de Komodo, la cobra real o la víbora cola de araña de Irán (íbamos a ir este año con ese objetivo, pero la guerra lo hizo imposible). En fin, demasiados que iría a ver solo por placer.
Por otro lado, están las especies que realmente me interesan con fines científicos, entre ellas muchos reptiles que viven en diminutas islas oceánicas o aquellos que habitan sierras lejanas, casi inaccesibles. Creo que mi grupo predilecto de búsqueda son las víboras; casi siempre, allá donde voy, al menos una especie forma parte de los objetivos.
En México me faltan muchas, aunque ya he visto un buen número. México es el segundo país del mundo en diversidad de reptiles y el primero en número de especies de víboras, con alrededor de 80 especies. Así que aún hay muchas que me quedan por encontrar

– En el campo a veces suceden momentos inesperados. ¿Has tenido la oportunidad de observar algún hábito o comportamiento que te haya sorprendido especialmente o que no estuviera descrito en la literatura científica?
Sí, de hecho varias especies que he filmado, y que se encuentran en mi canal de YouTube Historia Natvrae, nunca habían sido grabadas. De hecho, las filmaciones que tengo de esas especies son las únicas que existen en el mundo, como la víbora de Rowley (Bothriechis rowleyi), Crotalus stejnegeri, Crotalus polisi, Crotalus thalassoporus, Crotalus ericsmithi o Mixcoatlus browni.
En el caso de Crotalus stejnegeri, una especie de cascabel de cola larga, tengo la única filmación que muestra el comportamiento arborícola de estas serpientes y el uso de su enigmática cola. Asimismo, hace poco tiempo pude observar ejemplares de pez remo (Regalecus russellii), muy rara vez vistos con vida, y los filmé mostrando una coloración nocturna que jamás había sido registrada. Actualmente estamos trabajando en artículos científicos sobre ello.
De igual forma, he encontrado especies no descritas en múltiples ocasiones en campo, que también he podido filmar.
– Los reptiles y anfibios suelen despertar fascinación, pero también incomprensión. Desde tu experiencia en el campo, ¿qué crees que la mayoría de la gente no entiende sobre estos animales?
Este es un tema en el que llevo trabajando desde hace tiempo. La gente ha desarrollado un rechazo hacia estos animales, producto de la religión, las películas, las telenovelas, los relatos exagerados, los prejuicios y otras formas irracionales de aversión.
Lamentablemente, estas nociones tienen un alto coste ambiental para estos animales, que son masacrados y despreciados por la inmensa mayoría de la gente, pese a estar, en teoría, protegidos por las leyes.
Es necesario trabajar de la mano con las comunidades para cambiar esta percepción. Lleva años, pero, con el tiempo, merece totalmente la pena, y la gente puede llegar a cambiar su visión hasta el punto de proteger a la herpetofauna.

Historia natural y arte
– Además de naturalista, desarrollas una notable faceta artística en la que los reptiles suelen ocupar un lugar protagonista. ¿Cómo nace esa relación entre arte y naturaleza en tu vida?
Desde niño, creo que a todos los niños les gusta dibujar, pero algunos lo abandonan y otros siguen. Desde muy joven me apasioné por el trabajo artístico de los naturalistas, me pareció que no hay mejor legado de una vida, que dejar imágenes hermosas para la posteridad y ser recordado por eso
También me fascinó el universo de los naturalistas en general: su quehacer, su forma de vida, el ambiente de museo, de gabinete de curiosidades. Todo eso lo convertí en mi vida y, desde entonces, el arte y la ciencia siempre me han acompañado.
– Cuando trabajas en una obra inspirada en reptiles o anfibios, ¿cómo es tu proceso creativo? ¿Parte más de la observación directa en el campo o de una interpretación más personal del animal?
Depende; cada obra es una historia. Algunas tienen que ver con experiencias personales con especies que he visto en el campo, y otras no. Pero siempre hay una chispa que se enciende de forma natural en mi interior: necesito inspiración, espontaneidad, libertad y, en cierto modo, también cierta locura. Hay obras que representan momentos mágicos, como aquella que hice de los peces remo; en mi canal de YouTube explico el sentir de esa obra. Otras tienen un componente de denuncia frente a situaciones de extinción; otras representan mitos; otras son más científicas. Pero cada obra representa una chispa creativa e intelectual que despierta en mí una motivación incontrolable por dibujar a esa especie.



Ilustraciones naturalistas que reflejan su mirada sobre reptiles y anfibios
– A lo largo de la historia, el arte naturalista ha sido una herramienta fundamental para describir y comprender la biodiversidad. ¿Qué papel crees que puede seguir desempeñando hoy en nuestra relación con la naturaleza?
El dibujo, además de ser una actividad llena de belleza y satisfacción, tal como puede serlo tocar un instrumento musical, también es una forma de exploración intelectual por parte de nuestra mente, nuestros sentidos y el mundo físico. Cuando se presenta el reto de observar con rigor, de interpretar y de crear, se está realizando un ejercicio intelectual muy profundo, que conduce a la comprensión y a la construcción de conocimiento. Exige prestar una atención a la experiencia que muy pocas veces prestamos.
Diría que uno no conoce realmente a una especie hasta que la dibuja, hasta que se da cuenta de que las escamas tienen patrones particulares o entiende detalles esenciales, sutiles, que cada especie posee. Además, se intenta representarla de la manera más completa posible y, al mismo tiempo, lograr una imagen hermosa que evoque armonía, curiosidad, fascinación y placer visual. En fin, es toda una experiencia estética.
Divulgación: traducir la ciencia al público
– Desarrollas una intensa actividad divulgativa: has escrito libros y artículos, impartido cursos en universidades e instituciones científicas y compartes contenidos en redes sociales. ¿Qué te motiva a dedicar tanto esfuerzo a la divulgación?
La pasión que siento por los temas que estudio me lleva a querer que otros accedan a esas capas del conocimiento que yo he podido surcar y descubran los secretos de la naturaleza que se me han revelado. Que más gente se apasione por el mundo natural y entienda que estamos en un momento crítico, en el que podríamos perderlo todo si no actuamos para protegerlo.
Cuando uno lee a Darwin, Carl Sagan, Lynn Margulis, Francis Hallé y demás grandes científicos de la historia, se da cuenta de que los grandes científicos no dependen de un lenguaje rebuscado para hacer ciencia; esa misma ciencia puede ser accesible para todos si uno encuentra la forma correcta de comunicarla. En el lenguaje audiovisual, el equilibrio está entre lo que se puede mostrar sin decir y lo que se debe decir y hacer sentir: menos es más.
Sin embargo, tampoco creo que sea necesario prostituir el lenguaje o el formato para tratar al público como si fueran niños pequeños. También hay que invitar al público a hacer un pequeño esfuerzo; al final, están viendo tu trabajo porque desean aprender, y eso es lo que hay que lograr: que la gente aprenda temas complejos mediante una comunicación simple pero efectiva, en la que los vayas llevando de lo más básico a lo más complejo sin que se pierdan y que, al final, al menos se queden con la esencia de los temas y con ganas de saber más.

– En tus redes sociales se percibe una forma muy natural y atractiva de acercar estos animales al público. ¿Crees que esa cercanía puede ser una herramienta importante para cambiar la percepción que muchas personas tienen de reptiles y anfibios?
Sin duda. Creo que es importante que unamos fuerzas para que la gente conozca y aprecie a los anfibios y reptiles y, sobre todo, para transmitir un buen mensaje al respecto. Siempre que el mensaje y la información sean valiosos, creo que, de vez en cuando, se puede recurrir a cierto manejo. Eso sí, es imprescindible hacerlo con el mayor respeto, bienestar y cuidado hacia el animal, y cuidar que el mensaje sea coherente entre lo que se ve y lo que se dice.
De igual manera, vincularlo al arte es una forma de acercar la belleza de estos animales al público general.
Terrariofilia
– La terrariofilia es una afición que despierta opiniones muy diversas. Desde tu perspectiva como naturalista, ¿qué aspectos positivos crees que puede aportar al conocimiento y la conservación de reptiles y anfibios?
Creo que la terrariofilia puede ser una semilla que plante el árbol de un futuro naturalista o biólogo, un protector de la naturaleza que dedique su vida a ella. Jamás negaría lo positivo de que un niño pueda ver y tocar una serpiente, un gecko o un camaleón, y que eso pueda convertirse en una fuente de fascinación y admiración absoluta en sus ojos.
Asimismo, muchos de los grandes expertos del mundo, y quienes generan conocimiento útil para estrategias de conservación sobre la vida y la reproducción de muchas especies, provienen precisamente de personas que las crían y las mantienen como parte de su estudio. Creo que la conservación ex situ es una parte fundamental de la labor actual para preservar algunas especies y que, siempre que exista un código ético, profesionalidad, bienestar animal, legalidad y un gremio responsable, la terrariofilia puede aportar muchos beneficios.
Sin embargo, también es importante recalcar que la terrariofilia tiene un doble filo y que, mal encauzada, puede ser una fuente de tráfico ilegal, venta irresponsable, introducción de especies exóticas y movilización de enfermedades y parásitos que pueden poner en peligro la biodiversidad. Hay que cuidar siempre las buenas prácticas, el origen de los animales, no promover bajo ninguna circunstancia la extracción de ejemplares de las poblaciones naturales —por mucho que se desee una especie— y fomentar una cultura de respeto y bienestar hacia los animales.

– Desde tu experiencia en el campo, ¿hay aspectos del modo de vida de estos animales que crees que los aficionados a la terrariofilia solemos pasar por alto?
Demasiados. La vida de un animal en libertad nunca se parecerá, ni lo más mínimo, a la de un terrario, por más decoración que este tenga. Aunque el cautiverio permite observar algunos comportamientos íntimos de estos animales, a menudo se les trata como si no tuvieran mayores necesidades que temperatura, agua y alimento.
Los anfibios y reptiles —en especial los reptiles— pueden ser muy sofisticados a nivel cognitivo en su ambiente natural. Están expuestos a muchísimos más estímulos que en un terrario: tienen vida social, comportamiento sexual y de cortejo, recorren grandes distancias… algo que en cautividad jamás lograrán. Por ejemplo, un varano camina kilómetros, nada, trepa, excava, olfatea, persigue presas, pelea con otros machos, se aparea, nidifica, toma el sol; decide cuándo dormir y cuándo estar activo. En definitiva, el cautiverio debe procurar al máximo que un animal tenga una vida rica y estimulante, que no viva en la monotonía y el aburrimiento.
Resulta preocupante ver que hay quien mantiene una pitón de tres metros en un recipiente de un metro, con papel de periódico y un cubo con agua. Esa “escuela” de aficionados que apila recipientes en una habitación y mantiene decenas o cientos de animales debería desaparecer. Es necesario reconocer la complejidad etológica de los reptiles, algo que incluso entre los propios aficionados sigue condicionado por el mito y el prejuicio de que son animales de sangre fría, primitivos, sin inteligencia, meramente instintivos.
No es así. Los reptiles pueden alcanzar niveles de complejidad cognitiva comparables a los de un ave o un mamífero; no se les debe subestimar. Esto se hace evidente cuando se observan en libertad: incluso la más pequeña de las lagartijas puede tener una vida mucho más compleja de lo que imaginamos. Muchas forman grupos familiares, tienen refugios, territorios que defienden y desarrollan comportamientos complejos, por citar solo algunos ejemplos.
– Si pudieras dar un solo consejo a quienes mantenemos reptiles o anfibios en terrario basándote en lo que has observado en la naturaleza, ¿cuál sería?
Cuiden, amen y conozcan a esos ejemplares; conviértanlos en embajadores de su especie. Si pueden ir a ver a las especies en vida libre, háganlo: vale mucho la pena y se aprende muchísimo al conocerlas en su hábitat. Promuevan buenas prácticas dentro de la terrariofilia, hagan comunidad y procuren que el trabajo que se realice sirva para educar y conservar las especies.
Parte de estas experiencias continúan en las redes sociales del entrevistado: Instagram | Facebook | Youtube
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