Culebras malas, gatos intocables: la contradicción ambiental que nadie quiere ver

Por Angel Febrero

En Canarias, las culebras reales de California son consideradas una amenaza ecológica seria. Y con razón: esta especie invasora, introducida por humanos, depreda reptiles endémicos únicos del archipiélago, como el lagarto gigante de Gran Canaria. Ante esto, las autoridades han tomado una decisión clara: hay que capturarlas y eliminarlas. Sin miramientos, porque son dañinas para la naturaleza.

Pero aquí surge la paradoja: el gato doméstico, que también es una especie invasora y en muchos casos incluso más perjudicial para la biodiversidad insular, no solo no puede tocarse, sino que se protege activamente. Se crean colonias controladas, se les da alimento, y matarlos —incluso si son ferales— es considerado maltrato animal, con fuertes sanciones.

La ley 7/2023, de protección de los derechos y el bienestar de los animales, otorga protección a estos animales, prohibiendo su retirada, reubicación y confinamiento

¿Por qué esta doble vara?

Desde un punto de vista ecológico, ambos animales representan amenazas serias para los ecosistemas insulares. Pero la diferencia no está en la biología, sino en la emoción. Las culebras despiertan rechazo, miedo o indiferencia. Los gatos, en cambio, generan ternura y una fuerte conexión emocional con los humanos. Son mascotas, compañeros, personajes entrañables de la cultura popular.

Esta contradicción refleja el choque entre dos posturas éticas distintas:

  • La visión conservacionista pura, que prioriza la protección del ecosistema completo, incluso si hay que eliminar animales invasores al margen de la conexión emocional que estos puedan tener con una parte de la población.
  • La postura animalista, que antepone el bienestar de cada individuo, rechazando cualquier forma de sacrificio. Es un egoísmo especista que ningunea a la fauna silvestre protegida.

Lampropeltis californiae, fue detectada por primera vez en 1998 en La Solana, localidad situada a pocos kilómetros de Telde (este de Gran Canaria). Cuatro años más tarde, las autoridades medioambientales canarias capturaron los primeros ejemplares y se pusieron en marcha las primeras medidas de control

El debate es complejo, pero el problema es real. Mientras tanto, especies únicas de Canarias siguen desapareciendo, atacadas por depredadores que no deberían estar ahí. Y quizás va siendo hora de preguntarse: ¿queremos conservar la biodiversidad, o solo a los animales que nos dan pena?