Por Javier Magro
Hubo un tiempo en el que hablar de terrariofilia en España era, en buena medida, hablar de Barcelona. A finales de los años noventa y durante los primeros años del nuevo milenio, la ciudad condal se convirtió en uno de los grandes epicentros de una afición que por entonces vivía una expansión difícil de imaginar hoy.
Bastaba con echar un vistazo a las páginas de clasificados de la revista Reptilia para hacerse una idea de la magnitud del movimiento. Los anuncios de particulares, comercios y profesionales se sucedían, y Barcelona aparecía como uno de los puntos donde la actividad terrariófila tenía mayor presencia. Quizá su proximidad geográfica con el resto de Europa tuvo mucho que ver. Mientras en países como Alemania, Holanda o Bélgica la afición llevaba años desarrollándose y profesionalizándose, Barcelona mantenía una posición privilegiada para recibir conocimientos, productos y nuevas tendencias procedentes del continente.
Pero, más allá de su situación geográfica, la terrariofilia se vivía con auténtica pasión. En aquella Barcelona existía una auténtica red de comercios especializados. Tiendas de barrio y establecimientos de mayor tamaño convivían con mayoristas de reconocido prestigio que abastecían a profesionales y aficionados de buena parte del país. Entrar en uno de aquellos comercios suponía, para muchos aficionados, descubrir especies nuevas, intercambiar experiencias, aprender sobre instalaciones o, sencillamente, pasar un buen rato hablando de aquello que nos apasionaba.
También estaba Reptilia. La revista se convirtió en mucho más que una publicación especializada. Para toda una generación fue una ventana hacia un mundo que apenas comenzaba a descubrirse en España. Sus artículos, fotografías, fichas de mantenimiento y anuncios contribuyeron a crear comunidad y, sobre todo, a generar conocimiento. Su sede en Barcelona era otro reflejo de la importancia que había adquirido la ciudad dentro del panorama terrariófilo nacional.
Después llegaron las ferias. Las primeras ediciones de Expoterraria fueron capaces de reunir durante dos días a aficionados y profesionales llegados desde distintos puntos de España e incluso de otros países europeos. Que una feria especializada en reptiles y anfibios necesitara dos jornadas para dar cabida a toda aquella actividad dice mucho de lo que se estaba viviendo. Eran tiempos en los que desplazarse cientos de kilómetros para comprar un animal, encontrarse con otros aficionados o conocer en persona a un criador era parte de la experiencia.
La terrariofilia disponía entonces de un sinfín de lugares donde encontrarnos. Sin embargo, aquella fortaleza no fue eterna. Con el paso de los años, el entramado comercial comenzó a debilitarse. Algunos establecimientos desaparecieron después de años de actividad y otros, incluso con una trayectoria y un reconocimiento mucho mayores, terminaron sucumbiendo ante un escenario cada vez más complicado.


Bioglobus y Reptilmania dos comercios históricos que fueron testigos y protagonistas del crecimiento de la terrariofilia en Barcelona. Hoy, sus persianas bajadas son el reflejo de una época que forma parte de la memoria de nuestra afición
Reptilia tampoco fue ajena a ese cambio. Sus suscripciones fueron disminuyendo progresivamente hasta que, después de una grave crisis económica mundial y tras casi dos décadas de trayectoria, la revista dejó de publicarse en 2012. Para muchos aficionados, aquel momento supuso el final de una época.
Barcelona continuó siendo durante un tiempo una de las localizaciones de Expoterraria, pero finalmente también dejó de formar parte de su recorrido ante la escasa afluencia de profesionales y aficionados. El que había sido uno de los grandes núcleos de la terrariofilia española había perdido buena parte de aquella efervescencia.
Sería demasiado sencillo atribuir este declive a una única causa. La llegada de las compras por Internet, los intercambios a través de foros virtuales y los aficionados que aparcaron o abandonaron la afición tuvieron mucho que ver en todo ello. Fuese como fuese, algunos de aquellos profesionales pagaron las consecuencias. Y cuando desaparece un comercio especializado, no desaparece únicamente un negocio. Desaparece también un punto de encuentro, un lugar donde aprender, conversar y mantener viva una comunidad.
Mecenas
Lo preocupante es que la historia de Barcelona no parece ser un caso aislado. Con diferentes matices, muchas otras provincias españolas han recorrido un camino parecido. Comercios que durante años fueron referentes han cerrado, las ferias tienen que enfrentarse a un contexto cada vez más complejo y una parte de aquella generación que hizo crecer la afición ha ido desapareciendo del panorama.
Y mientras tanto, sobre el sector pesa una incertidumbre que hace apenas unos años habría resultado difícil de imaginar: nuevas normativas, restricciones y la amenaza de los denominados listados positivos.
La consecuencia de todo ello no afecta únicamente a quienes mantienen reptiles y anfibios en sus hogares. Detrás de cada comercio que cierra hay profesionales que pierden su medio de vida, personas que llevan décadas dedicadas a una actividad que conocían profundamente y que, en muchos casos, construyeron desde cero. También se pierde conocimiento, experiencia y una parte de la cultura que la terrariofilia española ha ido acumulando durante décadas.
La terrariofilia es una de las aficiones más bonitas que se pueden emprender a lo largo de la vida. Así la definió un antiguo presidente de la Asociación Herpetológica Española. Puede acercarnos a la naturaleza, despertar nuestra curiosidad por la biología y enseñarnos a observar, cuidar y comprender a otros seres vivos. Y buena parte de esa pasión que hoy muchos seguimos sintiendo nació, precisamente, en lugares como aquella Barcelona.
Quizá por eso recordar su época dorada no debería servir únicamente para mirar atrás con nostalgia. También debería hacernos reflexionar sobre lo que estamos perdiendo.
En esta vida, todo vuelve. Y quizá algún día, si nos dejan, la terrariofilia vuelva a recuperar parte de aquella fuerza y vuelvan al paisaje de nuestras ciudades nuevos comercios especializados, con aficionados entrando por sus puertas con la misma ilusión con la que muchos lo hicimos hace veinte o treinta años.










