En España, a diferencia de otros países occidentales con una larga tradición en esta práctica, la terrariofilia fue durante años una afición poco reconocida, aunque profundamente apasionada. Quizás por ello, a comienzos de los años noventa, el profesor Luis Felipe López Jurado —zoólogo, taxónomo y docente universitario— inició una serie de artículos dedicados a esta actividad en el boletín de la Asociación Herpetológica Española (AHE), que entonces presidía. En una de sus primeras publicaciones, escribía: “Esperamos que en un futuro inmediato el número de aficionados a esta apasionante actividad se incremente de modo que, en el seno de nuestra asociación, podamos todos juntos disfrutar de una de las aficiones más hermosas de cuantas se pueden emprender a lo largo de la vida humana”.
Afortunadamente sus deseos se cumplieron. La afición creció y maduró en las décadas siguientes. Sin embargo, lo hizo en solitario. Pocos años después de aquellas palabras, los contenidos terrariófilos desaparecieron del boletín, y con ellos también el respaldo de la AHE. Con el paso de los años, esta asociación no solo dejó de apoyar la terrariofilia, sino que pasó a criticarla dura y abiertamente. Prueba de ello, una más, la encontramos en un reciente artículo publicado en el diario 20 Minutos, en el que dos miembros de su junta directiva retomaron una vieja narrativa que vincula la tenencia legal de reptiles y anfibios con el tráfico ilícito, y aprovecharon también para esta afición con el término “mascotismo de exóticos”, expresión nacida en el seno del activismo animalista más radical.
Lo sorprendente es que ese mismo activismo, con el que ahora parecen alinearse, no ha dudado en atacar duramente a los propios científicos españoles, incluso con descalificaciones personales y campañas hostiles en redes sociales. Esta elección de posicionamiento resulta, como mínimo, incoherente, más aún si se considera que algunos de quienes hoy critican la tenencia en cautividad de esta fauna “exótica” la han mantenido, o aún mantienen, en sus hogares. La han utilizado como fuente de conocimiento y experiencia y hasta se han lucrado con la terrariofila; mediante cursos, asesoramiento veterinario o publicaciones especializadas. Así que, cuestionar ahora esa práctica con argumentos éticos suena más a hipocresía que a reflexión honesta.
Frente a este panorama, es inevitable mirar hacia fuera. Asociaciones herpetológicas europeas longevas y de prestigio como la British Herpetological Society o su homóloga alemana (DGHT) han seguido un camino muy distinto, ya que integran activamente a la comunidad terrariófila en proyectos de conservación y educación, valoran su experiencia práctica y se benefician de su apoyo económico, sin que ello menoscabe su reputación científica. Es más, su prestigio se ha consolidado, en parte, gracias a esa apertura. Pese a ello, algunas voces dentro del ámbito herpetológico español han criticado, también, a estas entidades llamándolas, de forma despectiva, “ONGs de terrariófilos”.
Desde nuestra parte, desde Terrario tecnia y otros ámbitos de la terrariofilia, no han faltado intentos sinceros de acercamiento. Hemos propuesto proyectos conjuntos, compartido sus recursos, difundido sus campañas y colaborado en iniciativas como SOS Anfibios. Hemos buscado el entendimiento, creyendo que la suma de esfuerzos entre ciencia y afición beneficiaría a ambas partes, pero sobre todo a los animales que nos apasionan. Sin embargo, las respuestas han sido, en el mejor de los casos, tibias y circunstanciales, cuando no directamente ausentes. Y aunque durante años persistimos en ese empeño, hoy muchos sentimos que nuestras ganas de tender puentes se han agotado.
Al etiquetarnos como simples “mascotistas de exóticos” y al vincular sistemáticamente, para el desprestigio de todo un colectivo, el comercio ilícito de especies con el lícito se han posicionado. La AHE ha optado, una vez más, por alinearse con un discurso que desacredita a quienes podrían haber sido aliados. Y lo más doloroso no es que se margine a la terrariofilia, sino que se pierda una oportunidad real para mejorar la percepción pública de reptiles y anfibios. Porque la conservación no es solo ciencia o publicaciones técnicas, también es pedagogía, cambio cultural y conexión con la naturaleza. Y en eso, la terrariofilia tiene mucho que aportar.
No seremos nosotros quienes más perdamos. Serán los animales a los que, irónicamente, todos decimos querer proteger.









