Por Terrario tecnia
Para David Calleja, la terrariofilia no nació de un instante concreto. Fue tomando forma poco a poco, durante una infancia ligada al campo y al contacto constante con los animales, observando cómo se movían, se escondían e interactuaban con el entorno. “No lo veía como una afición, era simplemente lo que me gustaba hacer”, recuerda. Con los años, esa curiosidad natural derivó en un interés concreto por los reptiles y en un compromiso profundo con su cuidado. Aprender antes de actuar, comprender la biología, los comportamientos y los riesgos de cada especie pasó a ser su filosofía.
Sus primeras vivencias terrariófilas fueron con tortugas del género Testudo y con iguanas de Fiji. No fueron especies elegidas al azar; le permitieron aprender los principios básicos de la terrariofilia, como la constancia, la observación y la responsabilidad a largo plazo. Aun así, mientras cuidaba a estos primeros ejemplares, su mente ya estaba puesta en otros reptiles. Serpientes, cocodrilos, varanos… estudiaba sus hábitos, su biología y sus necesidades mucho antes de intentar mantenerlos. “El trabajo no va solo de tener animales, sino de sostener un nivel de exigencia constante. Cada detalle cuenta. Los errores solo sirven si los analizas y los corriges”, explica. Ese enfoque riguroso y paciente marcaría toda su trayectoria.

Con el tiempo, esa pasión natural se profesionalizó. Junto a Jairo Cuevas fundó Nublar, un proyecto que no nació como un negocio, sino como la consecuencia lógica de años de experiencia y trabajo serio. “No queríamos ser una tienda convencional; queríamos canalizar nuestra experiencia y criterio en un proyecto propio”, comenta David. La particularidad de Nublar está en su enfoque: atender proyectos técnicos con especies poco habituales y de difícil mantenimiento, muchas veces con proyección internacional. La planificación, la atención individual a cada ejemplar y la especialización en grupos concretos se han convertido en la marca de la casa.
El día a día en Nublar es intenso. David comienza revisando permisos y correos con colaboradores. Después recorre las instalaciones, observando el comportamiento de cada ejemplar: posturas, niveles de actividad y esos pequeños gestos que revelan su estado y bienestar. Alimentaciones ajustadas, pulverizaciones calculadas, revisiones y cuidados veterinarios se realizan siguiendo protocolos precisos. Cada reproducción de especies exigentes no es un logro casual, sino el resultado de años de observación, ajustes constantes y disciplina diaria. “Ver cómo ciertas especies se reproducen bajo nuestras condiciones es una satisfacción enorme, porque sabes que es fruto de tu trabajo, no de la suerte”, comenta.

Ese compromiso con la profesionalización se amplió con la creación del Centro Nacional de Animales Venenosos (CNAV), también cofundado con Jairo. El centro alberga un centenar de ejemplares (élapidos y vipéridos) y desarrolla proyectos de investigación, desde la producción de antídotos hasta estudios sobre componentes activos de venenos poco conocidos. “Trabajar con serpientes venenosas requiere tensión y responsabilidad constante. El riesgo se gestiona, pero nunca se olvida”, afirma. Por ello, la incorporación de nuevas especies nunca es casual: se basa en la experiencia previa, el interés científico y la capacidad real de manejo seguro. Nada se hace sin un propósito definido.
David es plenamente consciente de los retos que atraviesa hoy la terrariofilia en España. En los últimos años, la legislación ha tendido a poner bajo sospecha tanto a profesionales como a aficionados responsables, sin diferenciar entre la tenencia impulsiva y el trabajo técnico, planificado y controlado. “Se legisla desde el miedo y el desconocimiento. Muchas decisiones se toman desde despachos, sin escuchar a quienes llevamos años trabajando con animales y siguiendo protocolos estrictos. Es una situación injusta y peligrosa para el futuro del sector”, explica. A pesar de ello, su motivación se mantiene intacta. La pasión por los animales y la convicción de que los proyectos de investigación que desarrolla tienen un valor real siguen empujándole a avanzar. Para él, la terrariofilia no es un pasatiempo ni una etapa más, es una forma de vivir, de aprender y de aportar conocimiento.

A lo largo de su trayectoria, David ha encontrado inspiración en figuras como Félix Rodríguez de la Fuente o Steve Irwin, pero también en el contacto diario con otros profesionales del sector, muchos de los cuales se han convertido en colaboradores y amigos. Aprender de ellos, compartir experiencias y trabajar codo con codo ha sido una fuente constante de conocimiento y motivación. Esta combinación de aprendizaje, cooperación y respeto por los animales le ha permitido asumir desafíos cada vez más complejos: desde reproducir especies especialmente exigentes hasta participar en investigaciones punteras sobre venenos y antídotos.
Si los pioneros del pasado abrieron caminos, David Calleja es hoy uno de los profesionales que continúan esa tradición, adaptándola al presente y proyectándola hacia el futuro. Su carrera combina pasión, disciplina y conocimiento profundo, pero también sensibilidad y cuidado con cada animal y cada proyecto. Cada reproducción lograda, cada estudio completado y cada iniciativa desarrollada reflejan su compromiso constante y contribuyen, junto al trabajo de otros profesionales, a dejar una huella tangible en la terrariofilia española.

Hoy, David vive la terrariofilia con la misma ilusión que en sus primeros días, pero con la experiencia y el criterio que solo los años de dedicación proporcionan. Se emociona con cada avance de sus animales y con cada colaboración que enriquece su trabajo, porque sabe que no se trata solo de mantener reptiles, sino de construir algo con sentido: un conocimiento sólido, una práctica responsable y un futuro donde la afición, la investigación y la conservación puedan crecer de la mano.









