Orígenes y evolución de la Herpetocultura

Por Terrario tecnia

La historia de la herpetocultura comenzó mucho antes de que existieran conceptos como «terrario» o «vivario». Lejos de ser una moda pasajera del presente, sus orígenes se remontan a finales del siglo XVIII cuando surgieron naturalistas capaces de imaginar lo imposible: mantener a reptiles y anfibios en entornos domésticos de manera estable y controlada.

El punto de partida lo marcó Johann Matthäus Bechstein, quien en 1797 publicó la primera guía práctica que incluía instrucciones para el mantenimiento en cautividad de varias especies herpetológicas. Bechstein describía cómo cuidar tortugas, ranas, lagartos, tritones y serpientes europeas utilizando cajas de madera, recipientes de porcelana, vasos de vidrio o pequeños contenedores improvisados. En una época en la que aún no existían los terrarios como los entendemos hoy, su obra fue el primer intento serio de trasladar la observación científica al ámbito doméstico, convirtiéndose así en el precursor más temprano de la herpetocultura moderna.

Pocos años después, un descubrimiento fortuito cambiaría para siempre la forma de concebir espacios cerrados para seres vivos. En 1829, Nathaniel Ward observó cómo en una botella sellada donde criaba la crisálida de una polilla germinaban dos plántulas de helecho. Intrigado, comenzó a experimentar con recipientes cerrados capaces de mantener un pequeño ecosistema autosuficiente. Su famoso episodio del petirrojo que sobrevivió varios meses dentro de uno de esos recipientes reforzó la idea de que un contenedor bien diseñado podía sostener vida durante largos periodos de tiempo. A partir de estas observaciones, Ward desarrolló el concepto de vivario y lo dio a conocer en un artículo publicado en 1855. Su contribución resultó fundamental para la herpetocultura, pues estableció las bases para reproducir, a pequeña escala, ambientes controlados con ciclos de humedad, temperatura y vegetación.

«Caja de Ward» generada con IA

Mientras el conocimiento científico avanzaba, el comercio de fauna exótica comenzaba a abrir un flujo constante de reptiles y anfibios desde lugares remotos hacia Europa. El “Exeter Exchange” de Londres, activo desde finales del siglo XVIII, se transformó en uno de los epicentros de este movimiento. Cuando Edward Cross asumió la dirección en 1810, convirtió la “menagerie” en una empresa capaz de importar y distribuir reptiles hacia coleccionistas de todo el continente y de Estados Unidos. En aquella época, animales como tortugas americanas, camaleones o serpientes empezaron a formar parte del inventario de un público fascinado por lo exótico. Entre los comerciantes más llamativos de ese periodo destaca un sujeto llamado Mr. Kendrick, famoso por asegurar que absolutamente todos los reptiles de su catálogo, fueran de donde fueran realmente, procedían de Brasil. Aunque estas prácticas hoy resulten pintorescas, lo cierto es que contribuyeron a que reptiles y anfibios se integraran cada vez más en los gabinetes naturalistas y los primeros hogares interesados en mantenerlos.

Hacia finales del siglo XIX, el conocimiento acumulado por naturalistas, comerciantes y aficionados cristalizó en la obra de Johann von Fischer, uno de los nombres más influyentes en la historia de la herpetocultura. En 1884 publicó un tratado que se convertiría en referencia absoluta: una guía detallada sobre cómo construir terrarios, qué plantas incluir, cómo organizar los espacios y cuáles eran las especies adecuadas para mantener en su interior. Von Fischer proponía incluso combinaciones mixtas de animales, como su célebre «casa del camaleón», donde reptiles de distintas familias convivían en un mismo recinto. Su visión era profundamente ecológica y adelantada a su tiempo: entendía el terrario como un pequeño ecosistema interdependiente más que como una simple jaula adornada.

Terrario para reptiles / Créditos G. C. Bateman

A esta ola de conocimiento se sumó, en 1897, el reverendo Gregory Climenson Bateman, quien publicó el primer libro en inglés dedicado al mantenimiento de reptiles y anfibios. Su obra reflejaba de manera sorprendente la variedad de especies disponibles en el comercio londinense de finales del siglo XIX: desde monitores pequeños, tegús y dragones barbudos hasta cocodrilos jóvenes, anacondas, ranas cornudas, salamandras gigantes e incluso algunos ejemplares de tuátara. Bateman narraba, entre otras anécdotas, el caso de un asistente de tienda que casi perdió los dedos al intentar coger un tuátara por la cola, una historia que revela tanto el desconocimiento de la época como el creciente interés por estos animales únicos. Su visión integraba también elementos del mundo acuático, mezclando acuarios plantados y vivarios en una filosofía que anticipaba la herpetocultura actual.

Mientras tanto, el comercio de animales exóticos seguía ampliándose gracias a figuras como Carl Hagenbeck. Antes de ser uno de los pioneros del zoológico moderno, Hagenbeck dirigió durante décadas una tienda de animales donde vendía boas, pitones, tortugas y una amplia variedad de reptiles importados. Su legado más influyente llegaría en 1907, cuando abrió el “Tierpark” de Hamburgo, un zoológico que presentaba a los animales en entornos que simulaban sus hábitats naturales. Esta nueva forma de exhibición transformó la percepción pública de la fauna exótica e inspiró tanto a zoológicos como a aficionados particulares en el diseño de terrarios más naturalistas y respetuosos.

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Un capítulo especialmente singular en esta historia lo protagonizó Oskar Boettger, quien describió a finales del siglo XIX el funcionamiento de una organización única: el “Laboratoire d’Erpetologie” de Montpellier. Se trataba de una red transcontinental formada por más de trescientos miembros que intercambiaban reptiles y anfibios y publicaban trabajos científicos. El laboratorio fomentaba la exploración, premiaba a los jóvenes que recolectaban nuevas especies y mantenía una estructura cooperativa que combinaba investigación, comercio y divulgación. En muchos sentidos, anticipó el funcionamiento de asociaciones herpetológicas, criadores especializados y redes colaborativas del siglo XX.

Otro gran avance de la herpetocultura llegaría en el siglo XX gracias al trabajo de H. Reichenbach-Klinke, pionero en la medicina herpetológica. En la década de 1960 publicó los primeros manuales específicos sobre enfermedades de anfibios y reptiles, obras que posteriormente fueron traducidas al inglés y que se convirtieron en referencia obligada para criadores, zoológicos y veterinarios. Por primera vez, la salud de estos animales se abordaba de forma sistemática, permitiendo mejorar su bienestar y reduciendo la mortalidad en cautividad. Su contribución supuso un antes y un después: a partir de entonces, mantener reptiles y anfibios dejó de ser un ejercicio de intuición y pasó a ser una práctica informada.

A lo largo de este recorrido histórico, cada etapa se ha construido sobre la anterior: los recipientes improvisados que Bechstein empleaba a finales del siglo XVIII abrieron el camino para que Ward, décadas después, demostrara que era posible mantener auténticos microecosistemas autosuficientes. Aquellos primeros comerciantes como Cross y Kendrick, que distribuyeron reptiles y anfibios por Europa cuando casi nadie pensaba en criarlos, prepararon el terreno para que iniciativas más organizadas, como la red cooperativa descrita por Boettger, consolidaran un intercambio responsable y con vocación científica. Las observaciones empíricas y los experimentos de von Fischer y Bateman dieron forma al terrario tal y como lo entendemos hoy, mientras que la llegada de la medicina especializada de Reichenbach-Klinke permitió dejar atrás la improvisación y avanzar hacia prácticas basadas en el conocimiento clínico.

Así, la historia de la herpetocultura es la historia de un conocimiento que se hereda, se amplía y se perfecciona. Cada uno de estos nombres aportó una pieza esencial a un puzzle que hoy seguimos construyendo: una disciplina que no solo mantiene animales en cautividad, sino que busca comprenderlos, reproducir sus condiciones naturales y contribuir a su conservación.

Fuentes

Bechstein, J. M. (1797). Naturgeschichte; oder, Anleitung zur Kenntniss und Wartung der Säugethiere, Amphibien, Fische, Insecten und Würmer, welche man in der Stube halten kann. Gotha: Carl Wilhelm Ettinger.

Murphy, J. (2022). The Evolution of Keeping Captive Amphibians and Reptiles. Museum of Aquarium and Pet History.

Heichler, O., & Murphy, J. (2004). Johann Matthaeus Bechstein’s pioneering work on captive herpetofauna. Herpetological Review, 35(1), 8–13.

Coote, S. (2001). The history of exotic animal trade in Victorian London. Journal of Historical Biology, 14(2), 145–167.

Ward, N. (1855). On Vivaria. Garden Chronicle, Londres.

Bateman, G. C. (1897). The Vivarium: A Practical Guide to the Construction, Arrangement, and Management of Vivaria. Londres: L. Upcott Gill.

von Fischer, J. (1884). Das Terrarium, seine Bepflanzung und Bevölkerung. Viena.

Boettger, O. (1890). Notes on the cooperative system of the Laboratoire d’Erpétologie de Montpellier. Zoologischer Anzeiger.

Reichenbach-Klinke, H.-H. (1961). Krankheiten der Amphibien. Stuttgart: Gustav Fischer Verlag.

Reichenbach-Klinke, H.-H. (1963). Krankheiten der Reptilien. Stuttgart: Gustav Fischer Verlag.

Reichenbach-Klinke, H.-H., & Elkan, E. (1965). The Principal Diseases of Lower Vertebrates. Londres: Academic Press.

Hagenbeck, C. (1909). Beasts and Men. Londres: Longmans, Green & Co.
(Obra autobiográfica donde describe su actividad con animales exóticos y el desarrollo del Tierpark.)

Imagen de portada | Average GUY