Por Terrario tecnia / Imagen de portada: Javier Magro
En el invierno de 1864, un envío insólito cruzó el Atlántico rumbo a Francia. Dentro de unas cajas, cuidadosamente empaquetados en recipientes húmedos, viajaban 34 ajolotes mexicanos; criaturas de aspecto larvario, con tres pares de branquias, que parecían detenidas en la frontera entre la infancia y la madurez.
A su llegada, los animales se repartieron entre los dos zoológicos más importantes de la ciudad: el “Jardin zoologique d’acclimatation”, recién inaugurado y orientado a mostrar especies exóticas al público, y la “Ménagerie del Muséum d’Histoire naturelle”, un espacio más antiguo, ligado a la investigación científica y a la historia natural. Aquella división anticipaba dos destinos muy distintos para los ajolotes.
Poco después de su llegada, el director del “Jardin”, Étienne Rufz de Lavison, celebraba haber conseguido mantener con vida a todos sus ejemplares. En cambio, en la “Ménagerie”, el profesor Auguste Duméril tenía otras ambiciones: quería observar, entender y reproducir aquellos ajolotes.
Duméril, junto al cuidador Honoré Vallée, un hombre meticuloso, casi invisible en los grandes relatos científicos, pero esencial en la práctica diaria, cuidaba cada detalle del agua y del ambiente. Mantenerla limpia y fresca era una tarea constante: se renovaba a menudo para evitar la putrefacción y se mantenía a una temperatura estable. Los recipientes eran amplios y tranquilos, con poca profundidad y luz tenue, buscando reproducir la calma de los lagos mexicanos. Vallée separaba los huevos de los adultos para evitar el canibalismo, clasificaba a las crías según su tamaño y anotaba con rigor cada puesta, cada muda y cualquier cambio en el comportamiento.
Más que experimentar, aquello era una forma de escucha. Duméril y Vallée no perseguían teorías, sino comprensión. Alimentaban a los animales con lombrices y larvas, observando sus preferencias y su apetito; sabían que un exceso de comida podía ser tan dañino como la escasez. Con el tiempo, los ajolotes comenzaron a reproducirse y, de los seis iniciales, consiguieron decenas, luego centenares. Mientras tanto, en el “Jardin d’acclimatation”, los ejemplares sobrevivían sin prosperar. Allí se valoraba el exotismo. Esa diferencia, entre la curiosidad pasajera y la observación constante, decidió el futuro del ajolote en Europa.
Con los años, la población criada en la “Ménagerie” se convirtió en el origen de todos los ejemplares que poblaron los laboratorios, museos y colecciones del continente. Desde París partieron hacia Berlín, Londres y Viena, donde pronto se transformaron en una especie de modelo para estudiar el desarrollo y la regeneración. En apenas unas décadas, el ajolote pasó de ser una rareza de los lagos mexicanos a un símbolo de la ciencia moderna y, más tarde, a una de las mascotas más fascinantes del mundo.
Paradójicamente, mientras su número crecía en los acuarios europeos, su hábitat natural en México comenzaba a deteriorarse. Hoy, las poblaciones silvestres del ajolote (Ambystoma mexicanum) están al borde de la desaparición, pero su linaje cautivo, descendiente de aquellos seis individuos parisinos, sigue vivo en miles de acuarios en todo el planeta.
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El eco del ajolote
La historia de los ajolotes de París no es solo una anécdota científica: es un reflejo de algo más profundo. Quienes nos dedicamos hoy a la terrariofilia reconocemos en ese episodio una emoción familiar. Muchos nos miran con desconfianza, pensando que mantener reptiles o anfibios es una rareza, un capricho o una forma de llamar la atención. Pero detrás de cada terrario hay algo mucho más serio: experiencia, conocimiento acumulado, rigor, constancia y observación.
En la terrariofilia responsable, los animales no son tratados como adornos. Se recrean con cuidado sus hábitats naturales, se controla la humedad, la luz y el alimento, y se observa cada comportamiento con suma atención. Gracias a ese compromiso, hoy cientos de especies no solo sobreviven en nuestros terrarios sino que prosperan.
De alguna manera, el legado de París sigue vivo. El ajolote fue el primero en demostrar que la observación paciente, el conocimiento práctico y el respeto por las necesidades de cada especie pueden convertir la cautividad en un espacio de comprensión, no de dominación. Ese es, al fin y al cabo, el corazón de la terrariofilia: no la posesión, sino el entendimiento.
Fuentes
Reiß, Christian; Olsson, L, Hoßfeld, U. “The history of the oldest self-sustaining laboratory animal: 150 years of axolotl research”. J. Exp. Zool. (Mol. Dev. Evol.) Abril, 2015: 393-404.
Dunbar, Gary S. “‘The Compass Follows the Flag’: The French Scientific Mission to Mexico, 1864-1867.” Annals of the Association of American Geographers. Jun. 1988: 229-240. Reiß, Christian. “Gateway, Instrument, Environment”. NTM Zeitschrift für Geschichte der Wissenschaften, Technik und Medizin. Nov. 2012: 309-336.









