Tuátara: el último rinocéfalo

Por Javier Magro / Imágenes; Dave Boyle

Cuando pensamos en los últimos vestigios de un mundo perdido, solemos imaginar fósiles petrificados, esqueletos en vitrinas o criaturas extintas hace millones de años. Sin embargo, hay seres que han logrado esquivar al tiempo, aferrándose a la vida en los márgenes del planeta. El tuátara (Sphenodon punctatus) es uno de ellos.

Endémico de Nueva Zelanda, este reptil de aspecto modesto guarda en su anatomía y comportamiento la memoria viva de un linaje que floreció junto a los dinosaurios. A menudo confundido con un lagarto, el tuátara es en realidad el único representante actual del orden Rhynchocephalia, un grupo que tuvo su apogeo durante el Mesozoico y que hoy se resume en una única especie viva. Esta criatura discreta, que habita en madrigueras y que mantiene una fisiología sorprendentemente adaptada al frío, ha sido testigo silencioso de profundas transformaciones planetarias.

En un mundo que cambia a ritmo acelerado, el tuátara no solo es un símbolo biológico de resistencia, sino también una pieza clave para entender la evolución de los reptiles y la fragilidad de la biodiversidad relicta. Su historia, y su presente, merecen ser contados con detenimiento.

Un linaje con 250 millones de años de historia

El tuátara es el único representante actual del orden Rhynchocephalia (también conocidos como rincocéfalos o esfenodontos), un grupo de reptiles que apareció hace más de 250 millones de años, en el Triásico, y que convivió con los dinosaurios durante buena parte del Mesozoico. En su época de apogeo, este grupo se diversificó en más de 40 especies que ocuparon hábitats muy variados, desde formas terrestres ágiles hasta especies acuáticas o incluso herbívoras de gran tamaño.

Fósiles de rincocéfalos han sido hallados en Europa, Sudamérica, África y Asia, y muestran una gran diversidad morfológica y ecológica. Sin embargo, por causas aún no del todo claras (posiblemente competencia con mamíferos y lagartos modernos, combinada con cambios climáticos), el grupo fue desapareciendo paulatinamente. Hoy solo queda el tuátara.

Este reptil, endémico de Nueva Zelanda, no tiene parientes vivos cercanos. Comparte ancestros con los lagartos y las serpientes (orden Squamata), pero su separación ocurrió hace aproximadamente 250 millones de años.

Ejemplar en su hábitat natural / Dave Boyle

No es un lagarto, y tampoco un “fósil viviente”

A pesar de su apariencia, el tuátara no es un lagarto. Tampoco es, como se ha repetido muchas veces, un “fósil viviente”. Esta expresión resulta engañosa, ya que implica una supuesta ausencia de cambio evolutivo durante millones de años, lo cual es inexacto. Aunque el tuátara conserva algunas características arcaicas, ha seguido evolucionando y adaptándose a su entorno.

Entre sus rasgos anatómicos más singulares destaca su cráneo rígido. Su sistema de alimentación también es notable: posee una hilera de dientes en la mandíbula inferior que encaja entre dos hileras superiores. Durante la mordida, realiza un movimiento hacia adelante, llamado propalinación, que le permite cortar y desgarrar con precisión. Esta acción recuerda a un cuchillo de carne y es un raro ejemplo de “masticación” en reptiles.

Además, sus dientes están fusionados directamente al hueso mandibular (acrodontos), sin raíces ni alvéolos, lo que ha llevado erróneamente a decir que carece de dientes verdaderos. Con el tiempo, estas estructuras se desgastan, ya que no se renuevan, lo cual puede afectar la capacidad de alimentación en individuos muy longevos.

El ojo parietal y su fisiología fría

El tuátara es uno de los pocos vertebrados que conserva un órgano vestigial muy curioso: el llamado “tercer ojo” u ojo parietal, situado en la parte superior del cráneo. Aunque en adultos queda cubierto por escamas, en juveniles puede observarse como una pequeña mancha clara. Este órgano posee estructuras propias de un ojo y, aunque no forma imágenes, se cree que es fotosensible y ayuda a regular ritmos circadianos y patrones de asoleamiento.

Este “tercer ojo” forma parte del complejo pineal, junto con la glándula que segrega melatonina. A través de este sistema, el tuátara es capaz de regular su comportamiento diario y estacional, lo que resulta especialmente importante en las condiciones variables de las islas donde habita.

Por si fuera poco, el tuátara tolera temperaturas sorprendentemente bajas para un reptil. Puede permanecer activo con temperaturas de solo 6 °C, aunque su rango preferido está entre los 16 y los 21 °C. Esta adaptación al frío le ha permitido sobrevivir en ambientes donde otros reptiles no prosperan, pero también lo hace vulnerable ante el calentamiento global.

Especie activa durante la noche / Dave Boyle

Hábitos discretos, dieta variada

Los tuátaras son animales de hábitos mayoritariamente nocturnos, aunque también se les ve tomando el sol durante el día, especialmente en invierno. Pasan gran parte de su tiempo en madrigueras subterráneas que pueden excavar ellos mismos, aunque a menudo ocupan túneles ya existentes, como los de aves marinas cavadoras.

De hecho, en islas como Stephens (Takapourewa), donde viven más de 30.000 tuátaras, se ha observado una relación estrecha con aves como el prión de hadas (Pachyptila turtur). Los reptiles se benefician directamente alimentándose de sus huevos o crías, e indirectamente gracias al aporte de nutrientes marinos, provenientes de excrementos y cadáveres, que enriquecen el suelo y aumentan la disponibilidad de invertebrados.

Su dieta incluye insectos, grillos, arañas, caracoles, y pequeños vertebrados como lagartijas, ranas e incluso tuátaras juveniles, lo que demuestra comportamientos ocasionalmente caníbales. Cazan principalmente por la vista, y son capaces de detectar presas con muy poca luz, aunque no en oscuridad total.

Lento desarrollo, gran longevidad

El ciclo vital del tuátara es tan pausado como su metabolismo. Las hembras solo se reproducen una vez cada dos a cinco años, y el proceso reproductivo completo puede durar más de dos años, uno de los más largos entre todos los reptiles conocidos.

Tras la cópula, que ocurre entre enero y marzo (verano austral), y la ovulación poco después, las hembras cavan nidos de unos 20 cm de profundidad, normalmente entre octubre y diciembre. Los huevos permanecen enterrados durante un periodo de incubación de entre 11 y 15 meses, en el que la temperatura determinará el sexo de las crías: temperaturas altas producen machos, y bajas, hembras. Este fenómeno, determinación sexual dependiente de la temperatura, es otro factor de riesgo ante el calentamiento global.

Al nacer, los pequeños tuátaras miden unos 5 centímetros desde el hocico a la cloaca. Durante sus primeros años de vida, son mayoritariamente diurnos, lo que probablemente reduce el riesgo de ser devorados por adultos.

Los tuátaras maduran sexualmente entre los 10 y los 14 años, y pueden seguir creciendo hasta los 35. Se han documentado ejemplares capaces de reproducirse a los 60 años, y en cautividad han alcanzado edades superiores a los 100. Afirmaciones de longevidades de 200 o 300 años no están respaldadas por datos científicos.

Los tuátara no son lagartos / Dave Boyle

Estado actual y conservación

Antes de la llegada humana a Nueva Zelanda, hace unos 800 años, los tuátaras estaban ampliamente distribuidos en las dos islas principales. Sin embargo, la introducción de mamíferos invasores, especialmente ratas, provocó su extinción en el continente y en muchas islas cercanas.

Actualmente, existen unas 32 poblaciones silvestres en islas protegidas, muchas de ellas pequeñas y de difícil acceso. Además, se han llevado a cabo proyectos exitosos de reintroducción en islas libres de depredadores y en santuarios continentales como Zealandia (cerca de Wellington), donde se pueden observar en condiciones semisalvajes. Algunas poblaciones cautivas también se mantienen en zoológicos de Nueva Zelanda, y en muy pocas instituciones fuera del país, como los zoológicos de Chester, Berlín, Taronga o San Diego.

La conservación del tuátara ha requerido una intensa colaboración con las comunidades maoríes, que consideran a esta especie un patrimonio vivo (taonga). Las estrategias incluyen la erradicación de ratas, la incubación en cautividad, la reintroducción en hábitats históricos y el monitoreo genético de las poblaciones.

Un legado vivo que no podemos perder

El tuátara no solo es una rareza evolutiva: es una pieza clave para entender la historia de los reptiles, la evolución de los amniotas y la adaptación a entornos extremos. Desde la genética hasta la biomecánica, su estudio ha arrojado luz sobre cuestiones fundamentales de la biología.

Pero más allá de su interés científico, el tuátara es un recordatorio viviente de la fragilidad y persistencia de la vida. Ha resistido extinciones masivas, glaciaciones, desplazamientos continentales y amenazas modernas. Conservarlo es no solo un deber ecológico, sino también una forma de honrar los millones de años de historia que representa.

Ejemplar de la isla Stephens (Takapourewa) / Dave Boyle

Fuentes consultadas

  • Cree, A. (2014). Tuatara: Biology and conservation of a venerable survivor. Canterbury University Press.
  • Jones, M. E. H., & Cree, A. (2012). «Tuataras and temperature: Biology, behavior and conservation implications of thermoregulation in Sphenodon«. Integrative Zoology, 7(2), 181–193.
  • Van Winkel, D., Baling, H., & Hitchmough, R. (2018). Reptiles and Amphibians of New Zealand: A field guide. Auckland University Press.
  • Thompson, M. B., & Daugherty, C. H. (1998). «Reproductive ecology and biology of the tuatara (Sphenodon)». Herpetological Monographs, 12, 6–26.
  • Gans, C. (1983). «Functions and modes of locomotion in reptiles». In Biology of the Reptilia, Vol. 4. Academic Press.
  • Museum of New Zealand Te Papa Tongarewa – sección de reptiles: www.tepapa.govt.nz
  • Department of Conservation, New Zealand: www.doc.govt.nz
  • Zootaxa (2021). Revisión taxonómica del género Sphenodon.
  • Zoological Society of San Diego – Proyecto de conservación del tuátara.