El descubrimiento de Phyllobates terribilis

Por Terrario tecnia

A finales de los años 70, el herpetólogo Charles W. Myers, del Museo Americano de Historia Natural, viajaba con frecuencia al oeste de Colombia, cerca de la costa del Pacífico. Allí, en plena selva tropical, se dedicaba a estudiar un grupo muy llamativo de ranas diminutas y de colores brillantes (dendrobates).

Aunque su aspecto pudiera parecer inofensivo —incluso encantador— estas ranas de vivos colores escondían un secreto inquietante: su piel contenía sustancias tan tóxicas que algunos pueblos indígenas las utilizaban para impregnar las puntas de sus dardos de caza. Entre ellos, los Emberá, habitantes ancestrales de esas tierras, que han convivido con estos animales durante generaciones.

Fue precisamente en uno de estos viajes cuando Myers y su equipo se toparon con una especie de rana completamente nueva para la ciencia. De un color amarillo intenso, de ojos grandes y brillantes, y con un tamaño que duplicaba al de otras ranas similares, este pequeño animal no solo sorprendía por su aspecto: también resultó ser, literalmente, la más venenosa del mundo.

Con apenas cinco centímetros de largo, esta rana tenía suficiente veneno como para matar a diez personas adultas si el contacto se producía con una herida abierta. No es casual que el nombre que Myers y sus colegas eligieran para ella fuera Phyllobates terribilis, un término que refleja perfectamente su peligrosidad.

P. terribilis nacida en cautividad / Javier Magro

El estudio de esta especie llevó años y requirió de la colaboración de expertos como John Daly, químico especializado en toxinas animales. Analizando los compuestos presentes en la piel de la rana, identificaron una sustancia extremadamente potente: la batracotoxina. Esta toxina actúa de forma rápida sobre el sistema nervioso, impidiendo que los músculos, incluido el corazón, funcionen con normalidad.

Lo más sorprendente era que la rana no produce esta toxina por sí sola. Al parecer, obtiene el veneno a través de los pequeños insectos que consume en su hábitat natural, sobre todo ciertos escarabajos que también contienen batracotoxinas. De hecho, los ejemplares criados en cautividad —que no tienen acceso a estos insectos— no son venenosos.

Desde su descripción científica en 1978, Phyllobates terribilis ha despertado tanto admiración como respeto. Su descubrimiento no solo permitió entender mejor cómo funciona la toxicidad en los animales, sino que también puso en valor el conocimiento tradicional de los pueblos indígenas, quienes sabían desde hace siglos lo que la ciencia apenas comenzaba a descubrir.

Hoy en día, esta rana sigue siendo símbolo de la biodiversidad colombiana y un recordatorio de los misterios que aún esconde la selva.

Fuentes consultadas                                    

  • American Museum of Natural History – Frogs: A Chorus of Colors
  • Myers, C. W., Daly, J. W. & Malkin, B. (1978). A dangerously toxic new frog (Phyllobates terribilis) used by Emberá Indians of western Colombia. Bulletin of the American Museum of Natural History, 161(2), 311–365.
  • Raxworthy, C. (curador de la exposición Frogs) – Departamento de Herpetología, AMNH.